de abrirla.
Era de mi abuela.
Inés, perdóname por no decírtelo antes. La casa no fue lo único que dejé a tu nombre. Hay una cuenta que abrí para el niño, porque sé que tú siempre vas a darle todo y quizá algún día necesites que alguien también piense en ti.
Seguí leyendo. La cuenta estaba destinada a la educación de Mateo. Mi abuela había dejado una cantidad importante, producto de la venta de un terreno. El documento señalaba que mi madre conocía la existencia de esa cuenta porque había sido testigo en el trámite inicial, pero no podía mover el dinero sin mi autorización.
Levanté la vista.
Mi madre ya no tenía color en la cara.
—Tú sabías —dije.
Ella abrió la boca.
—Tu abuela hacía cosas sin consultar.
—Tú sabías que Mateo tenía ese dinero.
—No era tan sencillo.
—Mi hijo estuvo cinco meses en un hospital. Vendí mi coche. Pedí préstamos. Dejé de trabajar medio tiempo para cuidarlo. ¿Y tú sabías?
Mi padre miró hacia la calle. Mariela bajó la cabeza. Fabián se pasó una mano por el cabello.
Mi madre intentó acercarse.
—Inés, yo iba a decírtelo.
—¿Cuándo? ¿Después de sacarme la firma de la casa? ¿Después de que Mateo muriera? ¿Después de regresar de Cancún?
La palabra Cancún cayó entre nosotros como una piedra.
Una vecina abrió su ventana. Un muchacho que pasaba en bicicleta frenó unos metros más adelante. Yo no bajé la voz.
—Mientras yo enterraba a mi hijo, ustedes estaban tomando fotos en la playa. Mientras yo vendía cosas para pagar médicos, ustedes ocultaban una cuenta que era para él. Mientras yo les pagaba una casa, ustedes intentaban quitármela.
Mi madre empezó a llorar.
Antes, ese llanto me habría desarmado. Habría corrido a decirle que no se preocupara, que yo entendía, que ya veríamos cómo arreglarlo.
Esa vez solo la miré.
—No llores por mí —dije—. Llora porque por fin se te acabó el teatro.
La licenciada Robles llamó a una patrulla que ya estaba al tanto de la denuncia. No fue una escena espectacular. Nadie fue esposado en medio de gritos como en una película. Pero les tomaron datos. Se levantó un reporte. Se aseguró la caja. Se citó a declarar. Y, sobre todo, quedó claro que no volverían a entrar a la casa.
Mi padre me insultó antes de irse.
—Te vas a quedar sola.
Lo miré sin moverme.
—Ya estuve sola. Y sobreviví.
Durante las semanas siguientes, hicieron exactamente lo que prometieron. Mariela publicó en redes que yo había echado a mis padres enfermos a la calle después de una tragedia. Algunos parientes me escribieron mensajes horribles. Una tía me llamó ingrata. Un primo dijo que el dolor me había vuelto mala.
No respondí con insultos.
Publiqué una sola cosa: una foto de la tumba de Mateo con su gorra roja, y debajo escribí una frase: El día que mi hijo fue enterrado, quienes hoy me llaman cruel estaban de vacaciones. Todo lo demás está en manos de mi abogada.
No hizo falta más.
La gente empezó a recordar publicaciones, fechas, fotos de playa. Una prima de mi madre, que nunca se metía en nada, me llamó llorando para pedirme perdón por haber creído la primera versión. El director de la escuela de Mateo me escribió un mensaje que