Se Fueron A La Playa Durante El Funeral De Mi Hijo

sobre valorar la vida.

Yo la vi desde la silla junto a la cama de mi hijo. No le reclamé.

Clara sí quería hacerlo.

—Inés, esto no es normal —me dijo una tarde, mientras me llevaba sopa en un recipiente de plástico.

—No tienen mala intención.

Ella apoyó el recipiente sobre la mesa.

—A veces la mala intención no grita. A veces solo abandona.

El 18 de agosto, a las 6:12 de la mañana, Mateo murió.

La doctora entró con dos enfermeras. No hizo falta que hablara. Su cara lo dijo antes que su boca.

Me acerqué a la cama. Toqué la frente de mi hijo. Ya no había lucha en su cuerpo. Ya no había movimiento en las máquinas. Ya no había nada que negociar con Dios, con la ciencia o con mi propia desesperación.

—Mi amor —dije, y mi voz sonó como si viniera desde el fondo de un pozo—. Perdóname.

La doctora me tomó del hombro.

—Usted estuvo con él todos los días.

Pero las madres no pensamos así. Las madres contamos los segundos en que no pudimos salvar.

Esa tarde, todavía con el olor del hospital pegado a la ropa, llamé a mi madre.

—Mamá, Mateo murió.

Hubo silencio. Al fondo escuché ruedas de maleta sobre piso.

—Ay, Inés… cuánto lo siento.

No lloró. O si lloró, fue lejos del teléfono.

—Necesito ayuda para el velorio. No puedo organizar el funeral de mi hijo sola.

Otra pausa.

—Hija, mañana salimos a Cancún.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Qué dijiste?

—El viaje de aniversario de Mariela y Fabián. Ya está pagado. Tu papá lleva meses ilusionado con descansar.

Me senté en una banca del pasillo.

—Mi hijo acaba de morir.

—Lo sé, Inés.

—Era tu nieto.

—No me hables como si no me doliera.

—Entonces ven.

Mi madre bajó la voz.

—No podemos perder ese dinero. Son muchos gastos. Además, tú siempre has sabido resolver.

El pasillo del hospital se volvió estrecho. Una enfermera pasó empujando un carrito. Alguien lloraba detrás de una cortina. Yo miré mis zapatos, manchados con polvo del estacionamiento.

—¿Estás escogiendo la playa sobre el funeral de Mateo?

—Estás alterada.

—Contesta.

Mi madre respiró con fastidio.

—No dramatices. Vamos a rezar por él desde allá.

Colgó.

No había terminado de bajar el teléfono cuando llegó un mensaje de Mariela.

No nos hagas sentir culpables. Todos estamos pasando cosas. Cancela lo que puedas y haz algo sencillo.

Hacer algo sencillo.

Para mi hijo.

Para el niño que todavía tenía dibujos pegados en la pared. Para el niño que guardaba piedras porque decía que algunas parecían huevos de dinosaurio. Para el niño que, incluso dormido en una cama de hospital, seguía teniendo los dedos largos de su padre.

Enterré a Mateo dos días después.

Clara estuvo a mi lado. También fue el director de su escuela, con los ojos rojos y una carpeta llena de cartas de sus compañeros. Un niño de su salón llegó con la gorra roja de Mateo doblada entre las manos. Me dijo que se la había prestado el día del torneo y que no alcanzó a devolvérsela.

Cuando bajaron el ataúd pequeño, mi celular vibró.

No quería mirar. Clara vio la pantalla y su expresión cambió.

—No lo abras ahora —murmuró.

Pero ya lo había tomado.

Era una publicación de

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