gritó desde el fondo.
—¡Estás loca! ¡Se te murió el hijo y quieres desquitarte con nosotros!
Cerré los ojos.
La frase no me atravesó como ella esperaba. Tal vez porque ya no quedaba mucho que atravesar.
—No vuelvan a llamarme así.
—Voy a contarle a todo el mundo lo que hiciste —dijo Mariela cuando tomó el teléfono—. Van a saber que dejaste a tus propios padres sin casa.
—Hazlo.
Hubo un silencio breve.
—¿Qué?
—Hazlo, Mariela. Yo también tengo fotos.
Entonces escuché la voz de Fabián detrás de ella, más baja, pero lo bastante clara para helarme la sangre.
—Dile que encontramos la caja de Julián.
Me puse de pie.
—¿Qué caja?
Mariela tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz había perdido brillo.
—Una caja metálica. Estaba en el clóset del cuarto del fondo. Fabián la sacó antes del viaje, cuando fuimos por unas cosas.
—Esa casa no era suya para sacar nada.
—Ay, Inés, eran papeles viejos.
Julián guardaba papeles importantes en cajas metálicas. Había una para el seguro, otra para documentos escolares de Mateo, otra para cartas y fotos. Después del accidente, muchas cosas quedaron repartidas entre nuestra casa y la casa de mis abuelos, porque antes habíamos hecho una remodelación y usamos un cuarto como bodega temporal.
—Devuélvanla.
Mi padre tomó la llamada.
—Primero abre la puerta.
Ahí entendí que no estaban solo furiosos. Estaban negociando con los restos de mi esposo.
—No.
—Entonces no esperes recuperar nada.
Colgó.
Durante unos segundos, el cuarto de Mateo pareció inclinarse. Me apoyé en la pared para no caer. Luego llamé a Clara.
No preguntó demasiado. Llegó veinte minutos después con el cabello recogido, las llaves en la mano y una expresión que no admitía derrumbes.
—Vamos por partes —dijo.
La frase de Julián.
Me quebré por un instante, apenas un instante. Luego asentí.
Fuimos primero a la bodega donde habían llevado las cosas de mi familia. Como el contrato estaba a mi nombre, el encargado me dejó entrar. La cortina metálica se levantó con un ruido áspero. Adentro había muebles cubiertos con sábanas, bolsas negras, cajas de zapatos, una cómoda raspada, el colchón matrimonial de mis padres y varias maletas con etiquetas del aeropuerto.
Revisamos durante casi una hora.
La caja metálica no estaba.
Pero detrás de un colchón encontré una libreta verde.
La reconocí de inmediato.
Era de Mateo. Su cuaderno de ciencias. Lo abrí con manos temblorosas. En la primera hoja había un dibujo de un volcán torcido, con lava roja y árboles desproporcionados. Debajo, en su letra apretada, había escrito: Mi papá dice que las cosas importantes se guardan donde nadie busca.
Me senté sobre una silla volteada.
Clara se agachó frente a mí.
—Inés, piensa. ¿Dónde guardaría Julián algo importante?
No sabía. Julián era ordenado, pero también tenía un sentido del humor extraño para esconder regalos. Una vez ocultó mi regalo de aniversario dentro de una caja de cereal. Otra vez escondió boletos para un concierto detrás del manual de la lavadora porque decía que yo jamás lo abriría.
Entonces recordé algo de mi infancia.
La casa de mis abuelos tenía una alacena falsa en la cocina. Mi abuelo la construyó cuando vendía ganado y no confiaba en los bancos. Mi abuela me lo mostró una tarde, cuando yo tenía diez años. Me pidió