No porque quisiera olvidarlos.
Sino porque entendí que amar a los muertos no significa enterrarse con ellos, y que honrar a un hijo también puede ser cerrar la puerta a quienes lo usaron como excusa, como carga o como oportunidad.
Mi familia de sangre volvió de Cancún y perdió una casa.
Yo volví del cementerio y, aunque tardé en entenderlo, recuperé mi vida.
No completa. No intacta. No como antes.
Pero mía.
Y esa noche, bajo las estrellas que Mateo habría intentado nombrar, levanté mi taza hacia el cielo y susurré:
—Ya no dejo entrar a nadie que no sepa cuidar lo sagrado.