diminuto bajo las sábanas. Tenía la cabeza vendada y una mano fría fuera de la cobija. Me aferré a esa mano como si yo pudiera anclarlo al mundo con la fuerza de mis dedos.
—Soy mamá —le susurré—. Aquí estoy. No te vayas con tu papá todavía. Espérame.
Esa misma noche llamé a mi madre.
Contestó al cuarto tono.
—¿Bueno?
—Mamá… hubo un accidente.
No sé cuánto tiempo hablé. Las palabras salían torcidas. Julián muerto. Mateo en cirugía. Hospital. No puedo sola.
Mi madre lloró durante unos segundos. Después preguntó si ya había avisado al seguro.
Mi padre tomó el teléfono.
—Hay que mantener la cabeza fría, Inés.
Mariela mandó un mensaje con un emoji de manos rezando.
Al día siguiente llegaron al hospital. Mi madre llevaba el bolso grande que usaba para ir al centro comercial. Mi padre preguntó dónde podía sentarse. Mariela entró mirando alrededor como si estuviera buscando a alguien conocido. Fabián no fue; dijo que le dolía la espalda.
Se quedaron cuarenta y cinco minutos.
—Tu papá no puede estar mucho tiempo aquí —dijo mi madre—. Estos lugares lo alteran.
Yo estaba junto a la cama de Mateo, con la misma ropa del día anterior.
—Necesito ayuda con lo de Julián. Tengo que organizar el funeral.
Mi madre suspiró.
—Hija, esta semana está complicada. Estamos arreglando unas cosas de la casa. Mariela y Fabián por fin van a pintar el cuarto de atrás.
La miré sin entender.
—Mi esposo murió ayer.
—Lo sé. Pero tú eres muy capaz.
Esa frase otra vez.
Tú eres fuerte. Tú puedes. Tú resuelves.
Enterré a Julián casi sola.
Clara, mi mejor amiga desde la universidad, llegó antes que todos y no se separó de mí. Los compañeros de la secundaria donde Julián trabajaba llenaron dos filas. Algunos alumnos dejaron cartas sobre el ataúd. Uno de ellos, un muchacho alto con acné en la frente, lloraba con las manos metidas en los bolsillos.
Mis padres llegaron tarde. Mariela llegó maquillada como para una comida. Fabián se quedó afuera contestando llamadas. Se fueron antes de que terminara el entierro porque, según mi madre, mi padre necesitaba comer a sus horas.
Yo no dije nada.
Todavía no sabía cómo enojarme. El dolor ocupaba demasiado espacio.
Después empezó la vida de hospital.
Cinco meses.
Cinco meses de amaneceres junto a una cama, de máquinas respirando por mi hijo, de médicos hablando con honestidad cuidadosa, de enfermeras que aprendieron cómo me gustaba acomodar la almohada de Mateo. Cinco meses de rezar sin saber a quién. Cinco meses de mirar sus pestañas inmóviles y creer, cada mañana, que quizá ese sería el día en que abriría los ojos.
Le leí los libros que le gustaban. Le hablé de la escuela. Le conté que sus compañeros habían ganado el torneo por él y que su maestra de historia dejó una maqueta de volcán en recepción. Le puse audios viejos de Julián cantando canciones desafinadas mientras cocinaba.
Mi familia fue dos veces.
La primera vez, mi madre se quejó de que el estacionamiento era carísimo.
—No sé cómo permiten estos abusos —dijo, mientras Mateo luchaba por respirar con ayuda de una máquina.
La segunda vez, Mariela se tomó una foto en la cafetería del hospital con un vaso de capuchino. La subió a sus redes con una frase