Mariela.
La foto mostraba a mis padres, a Mariela y a Fabián frente al mar. Mi madre llevaba un vestido blanco. Mi padre sonreía con una copa en la mano. Mariela estaba abrazada a Fabián, bronceada, feliz, intacta.
El texto decía: Sanar también es elegir alegría. Gracias a mi familia por estar siempre donde debe estar.
Leí esas palabras mientras la tierra caía sobre el ataúd de mi hijo.
Algo dentro de mí se rompió, sí.
Pero también algo se acomodó.
Por primera vez en mi vida, la culpa no llegó primero. Llegó el frío. Un frío limpio, exacto. Como cuando una finalmente ve una habitación con la luz encendida y entiende que los monstruos no estaban debajo de la cama, sino sentados a la mesa pidiendo más café.
Esa tarde, con el vestido negro aún húmedo de lágrimas y sudor, fui a la notaría donde trabajaba Robles, una antigua compañera de Julián. Clara condujo porque yo no confiaba en mis manos.
La licenciada Robles me recibió sin preguntas inútiles. Yo puse sobre su escritorio la escritura de la casa de mis abuelos, recibos de predial, comprobantes de pago, mensajes de mi madre pidiendo dinero para reparaciones, fotografías de los daños que nunca arreglaron.
Ella revisó todo con una seriedad que me sostuvo.
—La propiedad es tuya —dijo al fin—. No hay contrato de arrendamiento. No hay comodato firmado. No hay usufructo. Legalmente puedes solicitar entrega inmediata, sobre todo si hay negativa a desocupar y si puedes probar que no pagan.
—Quiero que salgan.
Robles levantó los ojos.
—¿Estás segura?
Pensé en Mateo. Pensé en la foto de Cancún. Pensé en mi madre diciendo que rezaría desde la playa.
—Sí.
No pregunté si era cruel. Ya había aprendido que poner límites solo parece crueldad cuando alguien estaba acostumbrado a vivir de tu sangre.
Al día siguiente, la licenciada gestionó la notificación. Un cerrajero cambió las chapas. Una camioneta de mudanzas retiró muebles, cajas y electrodomésticos que no me pertenecían y los llevó a una bodega pagada por treinta días. Todo quedó documentado. Todo quedó fotografiado. Nada se tiró. Nada se robó.
No hice un escándalo. No publiqué indirectas. No contesté la publicación de Mariela.
Solo cerré la puerta.
Cuando mi familia volvió de Cancún, tres días después, llegaron en una camioneta rentada, con maletas, sombreros de playa y bolsas de recuerdos. El vecino de enfrente me contó después que venían riéndose. Mariela llevaba todavía una pulsera del hotel en la muñeca.
La risa les duró hasta que mi padre metió la llave en la cerradura.
No giró.
Mi celular sonó a las 5:36 de la tarde.
—¿Qué hiciste, Inés? —rugió mi padre.
Yo estaba en el cuarto de Mateo, sentada en el piso, con uno de sus dinosaurios de plástico entre las manos.
—Cambié las chapas.
—¡Abre la puerta ahora mismo!
—No.
—Somos tu familia.
Miré la cama de Mateo. Todavía estaba desordenada desde la mañana del accidente. No había podido tocarla.
—Mi familia estaba en un cementerio mientras ustedes estaban en la playa.
Mi madre tomó el teléfono.
—Inés, no seas vengativa.
—No es venganza. Es consecuencia.
—Tu papá no puede estar en la calle.
—Tienen una bodega pagada por treinta días. Sus cosas están ahí. También pueden usar el dinero que no quisieron perder cancelando el viaje.
Mariela