principio. Su mirada dijo algo más grande, más cansado, más imposible de pronunciar bajo la lluvia.
Después movió apenas los labios.
—El sobre.
Mateo lo sacó y lo colocó en una bolsa seca que le dio una paramédica.
—Va con ustedes —dijo.
Irene cerró los ojos, aliviada.
El traslado fue confuso. Helicóptero, hospital regional, luces blancas, mantas térmicas, nombres escritos en listas, médicos preguntando, policías tomando declaración. Mateo respondió todo lo que pudo. Contó lo de la pulsera médica, el bolso, Esteban, las palabras de Irene, la amenaza en el aeropuerto que Alma había escuchado.
Luego, cuando ya no necesitaban su voz, se sentó en un pasillo y se quedó mirando sus manos.
Tenía sangre seca en los dedos.
No sabía si era suya, de Irene, de alguien más. En el bolsillo de su chaqueta encontró un botón arrancado de la camisa de Alma. Lo miró como si fuera una prueba de que todo había ocurrido, de que no había sido otra pesadilla.
Una enfermera se acercó.
—¿Usted es familiar de la niña?
Mateo negó.
—No.
—Ella pregunta por usted.
Mateo levantó la cabeza.
La enfermera señaló una habitación.
Alma estaba sentada en una cama, con una manta sobre los hombros y el conejo de peluche limpio a medias. Tenía una venda pequeña en la frente. Irene, en otra camilla, dormía sedada pero estable. Una doctora revisaba sus signos.
—¿Mi mamá va a vivir? —preguntó Alma apenas Mateo entró.
Mateo miró a la doctora.
—Está grave, pero llegó a tiempo —respondió ella—. Eso cuenta mucho.
Alma procesó la frase. Luego miró a Mateo.
—Usted volvió.
Él sonrió apenas.
—Te dije que no iba a dejarte.
La niña bajó la mirada al conejo.
—Mi mamá dice que las promesas son peligrosas si la gente las dice para que uno se calle.
Mateo se sentó en la silla junto a la cama.
—Tu mamá tiene razón.
—Pero usted no la dijo así.
No. No la había dicho así.
La puerta se abrió horas después, cuando el amanecer empezaba a pintar de gris las ventanas del hospital. Un hombre entró acompañado de una trabajadora social y un policía. Tenía barba de varios días, ojos hundidos y la expresión de alguien que había corrido desde otra vida hasta ese pasillo.
—¿Alma? —dijo con la voz quebrada.
La niña se quedó inmóvil.
Irene, ya despierta a medias, giró la cabeza con dificultad.
—Julián —susurró.
El hombre llevó una mano a la boca. No se acercó de golpe. No invadió. Se quedó a una distancia prudente, temblando, como si tuviera miedo de asustar el milagro.
—Soy tu papá —dijo, mirando a Alma—. No tienes que abrazarme. No tienes que creerme hoy. Solo… solo quería verte.
Alma miró a su madre.
Irene lloraba en silencio.
—Perdóname —murmuró Irene—. Te dije que se había ido porque eso me hicieron creer. Después tuve miedo. Después ya no supe cómo deshacerlo.
Julián negó con la cabeza, llorando también.
—Busqué. Nunca dejé de buscar.
Mateo sintió que estaba presenciando algo demasiado íntimo y se levantó para salir, pero Alma le apretó la manga.
—Quédese.
Así que se quedó.
Julián se arrodilló junto a la cama, sin tocar a Alma todavía.
—¿Te gustan los conejos? —preguntó, mirando el peluche.
La niña asintió.
—Este se llama Nube.
Julián soltó una risa pequeña entre