dulce, cansada, siempre oliendo a jabón de lavanda y café. Su madre, que trabajaba turnos nocturnos y volvía con los ojos rojos. Su madre, que murió cuando Leah tenía diecisiete años y dejó pocas cosas: libros, deudas y una caja de música que Leah nunca logró abrir.
Una caja de música.
Leah levantó la mirada.
—Mi madre me dejó una caja.
Rocco no parpadeó.
—¿Dónde está?
—En mi apartamento.
Angelo soltó una maldición baja.
En ese instante, el teléfono de Rocco vibró. Él escuchó sin decir nada. Luego colgó.
—Tus vecinos dicen que dos hombres entraron a tu edificio hace veinte minutos.
Leah dejó de sentir los dedos.
—La caja.
—No solo la caja —dijo Rocco—. Nora no está en su apartamento.
El miedo le atravesó el pecho.
—No.
—Encontraron sangre en la escalera, pero no un cuerpo.
Leah se cubrió la boca con una mano. Julian no solo había vuelto por ella. Había tocado todo lo que ella quería.
Rocco tomó su abrigo.
—Angelo, cierra la casa. Nadie entra, nadie sale. Marco, trae el coche.
—Voy con usted —dijo Leah.
—No.
—Esa caja es mía. Nora es mi amiga. Y si mi madre está metida en esto, no pienso quedarme encerrada esperando a que hombres con armas decidan qué parte de mi vida puedo conocer.
Rocco la miró con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera.
Leah no retrocedió.
—No soy su propiedad —añadió.
—Nunca dije que lo fueras.
—Entonces no me trate como una cosa frágil.
El silencio entre ambos cambió de forma. Angelo observaba sin intervenir.
Finalmente, Rocco asintió una vez.
—Harás exactamente lo que diga cuando lleguemos.
—Haré lo que mantenga viva a Nora.
Otra vez esa sombra de sonrisa.
—Eso no fue un sí.
—Soy camarera. No trabajo bien con órdenes absurdas.
El regreso a la ciudad fue distinto. Ya no era una huida. Era una persecución. Leah iba sentada junto a Rocco, con las manos cerradas sobre las rodillas, recordando cada detalle de la caja de música. Era de madera oscura, con flores talladas en la tapa y una bailarina rota en el centro. Su madre le había dicho que la llave se había perdido.
Pero Leah recordaba otra cosa.
Un abrigo azul.
Una costura demasiado gruesa.
Una noche, poco antes de morir, Clara había tomado las manos de Leah y le había dicho: Si alguna vez vienen por lo que no entiendes, busca al hombre que todos temen. Él sabrá cuánto se pagó por el silencio.
Leah había pensado que era fiebre.
Ahora entendía que había sido una instrucción.
Cuando llegaron al edificio, la puerta principal estaba rota. El olor a polvo, humedad y miedo llenaba las escaleras. Dos hombres de Rocco subieron primero. Leah quiso correr, pero Rocco le bloqueó el paso con un brazo.
—Detrás de mí.
—Nora podría estar ahí.
—Y tú podrías morir antes de ayudarla.
Esa frase la detuvo.
El apartamento de Leah estaba destrozado. Los libros por el suelo, los cajones abiertos, la ropa cortada, los colchones rajados. Alguien había buscado con rabia.
La caja de música no estaba en el armario.
Leah sintió que el corazón se le hundía.
Entonces vio un libro en el suelo: El conde de Montecristo, la edición vieja de su madre. Estaba abierto por una página que Leah conocía bien.