hombro de Julian: un coche negro estacionado con las luces apagadas. No era un coche cualquiera. Era demasiado limpio para aquel callejón, demasiado silencioso, demasiado caro. Junto a él había dos hombres vestidos de oscuro, inmóviles como estatuas.
Y detrás del cristal trasero, una figura observaba.
Julian no lo sabía.
Sus hombres tampoco.
Pero alguien estaba mirando.
Leah no sabía si aquello era salvación o una sentencia peor. No sabía quién podía estar dentro de ese coche ni por qué permanecía oculto. Solo sabía que la atención de los hombres que la acorralaban estaba puesta en ella, y que cada segundo que pasaba reducía sus opciones.
El hombre de la navaja se acercó.
—El jefe hizo una pregunta, muñeca.
—No es mi jefe —dijo Leah, aunque la voz le salió rota.
La bofetada de Julian fue rápida.
No la tiró al suelo, pero la dejó viendo chispas blancas. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca. Por un instante, el callejón giró.
Entonces oyó una puerta abrirse.
No la del bar.
La del coche negro.
El sonido fue bajo, casi elegante. Pero los tres matones se congelaron como si alguien hubiera disparado al aire.
Julian frunció el ceño.
—¿Qué demonios…?
Un hombre salió del vehículo.
Llevaba un traje negro hecho a medida, camisa blanca sin una arruga y zapatos que no deberían pisar jamás un charco sucio. La luz azulada del letrero trasero del bar le cortaba el rostro en sombras duras. Era alto, de hombros anchos, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y unos ojos grises que parecían no mirar las cosas, sino juzgarlas.
No caminaba con prisa.
No necesitaba hacerlo.
Los dos hombres junto al coche se movieron a sus lados. Otros dos aparecieron en la boca del callejón, como si la oscuridad los hubiera estado guardando.
Julian miró alrededor y comprendió demasiado tarde que el cazador había entrado en territorio ajeno.
—Señor Bastone —dijo el hombre de la cicatriz, y su voz perdió toda arrogancia.
Leah sintió que el nombre le atravesaba el pecho.
Rocco Bastone.
El Fantasma.
Incluso una camarera que intentaba no saber nada del mundo criminal conocía ese nombre. Se susurraba en el bar cuando los hombres bebían demasiado. Se decía que controlaba los muelles, las casas de apuestas, ciertos jueces y más políticos de los que nadie se atrevía a contar. Se decía que nunca levantaba la voz porque los muertos no necesitaban gritos para entender.
Rocco se detuvo a unos pasos de Julian.
No miró primero a los matones.
Miró a Leah.
Sus ojos bajaron al labio partido, luego al moretón que empezaba a formarse en su mejilla. Después se posaron sobre la mano de Julian, todavía levantada como si se creyera con derecho a volver a tocarla.
El silencio se volvió insoportable.
—La golpeaste —dijo Rocco.
No fue una pregunta.
Julian intentó recomponerse. Enderezó la espalda, tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Es un asunto personal.
Rocco parpadeó una sola vez.
—No en mi callejón.
—No sabía que este callejón era suyo.
Uno de los hombres de Rocco soltó una risa breve. Nadie más se movió.
Rocco inclinó apenas la cabeza.
—Ahora lo sabes.
Julian dio un paso atrás, pero la boca del callejón ya estaba bloqueada. Sus hombres habían perdido el color. El de la navaja cerró