El Secreto Que La Camarera No Sabía Que Cargaba

falsas promesas.

Eso, de algún modo, la inquietó más.

La ciudad se deslizaba afuera en luces borrosas. Leah vio pasar lavanderías cerradas, farmacias iluminadas, parejas corriendo bajo paraguas, personas que no sabían que en un coche negro viajaba una camarera con el labio roto junto al hombre más temido de la ciudad.

—¿Por qué estaba mirando? —preguntó al fin.

Rocco giró apenas el rostro hacia ella.

—¿El callejón?

—Sí.

—Porque el bar es mío.

—Eso no responde la pregunta.

Sus ojos grises se fijaron en los de ella.

—Había recibido información de que alguien intentaría usar ese lugar para enviarme un mensaje.

Leah sintió que el aire se estrechaba.

—¿Yo era el mensaje?

—Eso estamos por averiguar.

El coche subió hacia una zona de colinas donde las casas se escondían detrás de muros altos y cámaras discretas. La mansión de Rocco Bastone no parecía una casa. Parecía una fortaleza diseñada por alguien que no dormía nunca. Cristal oscuro, piedra clara, jardines perfectos y sombras con hombres dentro.

Cuando Leah cruzó la entrada, sus zapatos baratos chirriaron contra el mármol pulido. Se sintió fuera de lugar de inmediato, como una mancha humana en una fotografía de lujo.

Un hombre de sienes grises los esperaba junto a la escalera.

—Rocco —dijo—. ¿Ella es la chica?

—Ella es Leah Marino.

El hombre la observó con ojos cansados y afilados.

—Angelo Conti —se presentó—. Lamento lo ocurrido esta noche.

Leah soltó una risa seca.

—Eso es más de lo que dijo mi jefe.

Angelo no sonrió.

—Su jefe ya no será su jefe mañana.

Rocco dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla.

—¿Ricardo?

—En camino —respondió Angelo—. Dijo que tenía noticias sobre el puerto.

La expresión de Rocco cambió apenas, pero Leah lo notó. Un endurecimiento mínimo. Una puerta cerrándose por dentro.

—Que espere en el salón.

Leah miró hacia la salida.

—Yo necesito llamar a mi amiga.

—Lo harás —dijo Rocco—. Primero un médico verá tu labio.

—No necesito médico.

—Necesitas decidir menos cosas mientras sangras.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Y usted necesita ordenar menos cosas a mujeres que acaba de conocer.

Angelo tosió, quizá para ocultar una reacción. Rocco, en cambio, se quedó mirándola como si acabara de encontrar algo inesperado entre los escombros.

—Tienes razón —dijo.

Leah se quedó sin respuesta.

Rocco señaló una puerta al fondo.

—Hay un baño allí. Agua caliente. Toallas. Cuando termines, llamarás a quien quieras desde el teléfono de Angelo. No usarás el tuyo hasta que sepamos si lo rastrearon.

La palabra rastrearon le cayó como una piedra.

—¿Rastrearon mi teléfono?

—Julian te encontró.

No hacía falta añadir nada más.

En el baño, Leah cerró la puerta y apoyó las manos sobre el lavabo. El espejo mostraba a una mujer con ojos demasiado abiertos, mejilla roja, labio partido y uniforme manchado. Pero también mostraba a alguien de pie.

Eso importaba.

Se lavó la sangre con cuidado. El agua ardió. Encontró una bata limpia colgada junto a una pila de ropa doblada: pantalones suaves, una camiseta gris, calcetines. Todo simple, nuevo, de su talla aproximada. Aquello la perturbó más que si le hubieran dado un vestido caro.

Cuando salió, Angelo la esperaba con un teléfono.

Leah llamó a Nora, su única amiga cercana. No contestó. Llamó otra vez. Nada. El tercer intento fue

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