El Secreto Que La Camarera No Sabía Que Cargaba

la pregunta.

Rocco se acercó a la ventana. Desde allí se veía la ciudad extendida como un animal lleno de luces.

—Hace años no ayudé a alguien cuando debía hacerlo.

Leah no preguntó. Algo en su rostro le dijo que aquella historia tenía sangre.

Pero Rocco continuó.

—Mi hermana Isabella confiaba en las personas equivocadas. Yo le dije que estaba exagerando. Que nadie dentro de mi familia se atrevería a traicionarnos. Dos días después, su coche apareció quemado junto al río.

La biblioteca pareció enfriarse.

—Lo siento —dijo Leah.

—No lo sientas por mí. Yo convertí ese dolor en algo útil.

—¿En qué?

Rocco la miró.

—Miedo.

Leah comprendió entonces que el Fantasma no era solo un apodo. Era una tumba caminando. Un hombre que había enterrado lo que amaba y había dejado que el resto de la ciudad viviera dentro de su duelo.

Antes de que pudiera decir algo, Angelo apareció en la puerta.

Su rostro no traía buenas noticias.

—Rocco.

Rocco giró.

—Habla.

Angelo miró a Leah, dudando.

—Tiene que oírlo también.

El corazón de Leah se aceleró.

Angelo dejó una fotografía sobre la mesa. Era ella, tomada esa misma noche dentro del bar. En la imagen sostenía una bandeja y miraba hacia una mesa fuera de cuadro. Sobre su pecho alguien había dibujado una cruz roja.

Leah sintió que las piernas le fallaban.

—¿De dónde salió esto?

—La tenía Julian —dijo Angelo—. Uno de nuestros hombres lo siguió después del callejón. Se reunió con Ricardo.

Rocco no reaccionó de inmediato. Eso fue lo aterrador. La calma absoluta con que tomó la fotografía parecía pertenecer a alguien que ya estaba decidiendo quién moriría primero.

Leah señaló el reverso.

—Hay algo escrito.

Rocco dio vuelta la foto.

El nombre allí escrito cambió el aire de la habitación.

Isabella Bastone.

Angelo cerró los ojos.

Leah miró a Rocco.

—Ese es el nombre de su hermana.

—Sí.

—¿Por qué está detrás de mi foto?

Rocco apoyó ambas manos sobre la mesa. Por primera vez, la máscara del hombre invencible pareció agrietarse.

—Porque quien hizo esto quiere abrir una tumba que lleva nueve años cerrada.

Angelo respiró hondo.

—O quiere hacernos creer que nunca estuvo cerrada.

Leah sintió que un recuerdo intentaba subir desde algún lugar profundo: su madre guardando una caja de música en el fondo del armario, su madre diciendo que algunos nombres no debían repetirse, su madre apagando la televisión cada vez que aparecía una noticia sobre los Bastone.

—Mi madre conocía ese nombre —susurró Leah.

Rocco se volvió hacia ella lentamente.

—¿Qué dijiste?

—Cuando yo era niña. Recuerdo haber oído Isabella una vez. Mi madre lloraba en la cocina. Pensé que era una amiga.

Angelo se acercó.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

—Clara Marino.

El efecto fue inmediato.

Rocco se quedó inmóvil.

Angelo palideció.

Leah dio un paso atrás.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Rocco abrió un cajón de la mesa y sacó una carpeta vieja. La dejó frente a ella. Dentro había documentos amarillentos, fotografías borrosas, recortes de periódico y una lista de nombres tachados.

Entre ellos estaba Clara Marino.

Leah sintió que el suelo se inclinaba.

—No. Mi madre era enfermera.

—Lo era —dijo Angelo con suavidad—. También fue la última persona que vio con vida a Isabella Bastone.

La habitación comenzó a cerrarse sobre Leah. Su madre,

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