Besó Al Jefe De La Mafia Y Reveló Un Secreto Mortal

novia, sino una enemiga expuesta.

Griffin presionó una mano contra la herida de Fay.

Su traje negro se manchó con su sangre.

Ella pensó que debía tener miedo de él. De lo que era. De lo que representaba. De la violencia que lo seguía como una sombra entrenada.

Pero en ese momento, mientras la sostenía con cuidado, Fay tuvo una certeza extraña.

Griffin Hales podía ser muchas cosas.

Un criminal.

Un rey.

Un hombre peligroso.

Pero no era el monstruo más grande de aquella sala.

Los monstruos más grandes sonreían con vestidos blancos, brindaban con hermanos, esperaban en pasillos familiares y llamaban paz a una traición.

Cuando los hombres de Griffin aseguraron el sótano, él no soltó a Fay. La llevó por la salida de lavandería hacia un callejón frío donde la madrugada de Chicago parecía hecha de niebla y metal. Las luces rojas y azules pintaban las paredes. Alguien gritaba órdenes. Alguien lloraba. Alguien corría.

Fay respiró el aire helado como si acabara de salir de debajo del agua.

Griffin la apoyó contra la puerta de un coche negro.

—Te debo la vida —dijo.

Fay negó con la cabeza.

—No me deba nada. Las deudas de hombres como usted matan gente como yo.

Él la miró largo rato.

—Entonces no será una deuda.

—¿Qué será?

Griffin bajó la vista a la sangre en su manga. Luego volvió a mirarla.

—Una promesa.

Fay debió rechazarla.

Debió pedir que la dejaran ir. Debió tomar su abrigo gris, salir corriendo y no mirar atrás hasta llegar a otra ciudad donde nadie conociera su nombre.

Pero el callejón estaba bloqueado por hombres armados, la noche estaba llena de sirenas y Celeste Maro acababa de gritar desde la entrada del hotel una última amenaza que hizo que todos se volvieran.

—¡Ella no sabe a quién salvó! —chilló Celeste, con el vestido blanco manchado y el rostro desencajado—. ¡Pregúntale a Griffin qué le pasó a la última mujer que intentó salvarlo!

Fay miró a Griffin.

El silencio de él fue inmediato.

Pesado.

Culpable.

Y en ese silencio, Fay entendió que la historia apenas comenzaba.

Porque el beso que había dado para salvar una vida acababa de abrir una tumba que Griffin Hales llevaba años intentando mantener cerrada.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *