cocina principal. Por lavandería.
Griffin la observó como si la estuviera viendo por primera vez.
—Guíanos.
La palabra le pareció imposible.
A ella.
Invisible toda la vida.
Guiando al hombre más temido de Chicago fuera de una trampa.
Fay se movió.
Atravesaron el borde del salón entre mesas volcadas y humo de pólvora. Celeste gritaba en algún lugar. Dorian daba órdenes. Los hombres de Griffin respondían con una precisión feroz. Pero Fay no miró atrás. Si miraba, se convertiría otra vez en la chica que se congelaba.
Llegaron a la puerta de servicio. Bajaron una escalera estrecha. El ruido de la batalla quedó arriba, amortiguado por paredes gruesas. En el sótano, el aire olía a lejía, tela húmeda y tuberías viejas.
Fay condujo a Griffin y a dos de sus hombres por un pasillo de lavandería. Sus zapatos resbalaban. Las rodillas le temblaban. Pero no se detuvo.
Al doblar una esquina, encontraron a un hombre esperándolos.
No llevaba arma visible.
Eso lo hacía peor.
Era mayor, de cabello blanco, con un abrigo negro sobre los hombros. Fay no lo reconoció, pero Griffin sí.
Su respiración cambió.
—Tío Elias.
El anciano sonrió con tristeza.
—Siempre fuiste difícil de matar, muchacho.
Fay sintió que el mundo se hundía otro piso.
No era solo Celeste.
No era solo Dorian.
La traición era una casa entera, y Griffin había vivido dentro de ella sin ver las grietas.
Elias miró a Fay.
—Y tú debes ser la pequeña camarera que arruinó años de trabajo.
Griffin se colocó delante de ella.
—Déjala fuera.
—Ella se metió dentro cuando puso su boca en la tuya.
Fay sintió calor en el rostro, incluso allí, incluso con la muerte al frente.
Elias sacó un sobre del bolsillo y lo dejó caer al suelo.
—Contratos, transferencias, nombres de policías, jueces, cuentas. Todo iba a pasar a Celeste cuando tú murieras. Dorian gobernaría desde la sombra. Yo mantendría la paz. Era limpio.
—Era cobarde —dijo Griffin.
El anciano inclinó la cabeza.
—Era familia.
Griffin rió una vez, sin humor.
—No. Era hambre.
Durante un segundo, nadie se movió.
Luego Fay escuchó un clic detrás de las máquinas de lavandería.
No pensó.
Empujó a Griffin.
El disparo le rozó el brazo en lugar de atravesarle el pecho.
Griffin cayó contra la pared, giró y disparó. El hombre oculto cayó entre sábanas blancas que se mancharon de rojo. Los guardias se abalanzaron sobre Elias antes de que pudiera retroceder.
Fay miró su propio brazo.
Había sangre.
No mucha, pero suficiente para que el dolor llegara tarde y feroz.
Griffin la tomó antes de que cayera.
—Fay.
La forma en que dijo su nombre no sonó como una orden.
Sonó como miedo.
Ella quiso reír. El jefe de la mafia, asustado por una camarera. La noche estaba llena de imposibles.
—Le dije que no bebiera —murmuró.
—Y ahora te digo que no cierres los ojos.
—No me gustan los hombres mandones.
—Sobrevive y podrás odiarme por eso.
Fay sonrió apenas, aunque le temblaba la boca.
Arriba, las sirenas comenzaron a sonar a lo lejos. No se sabía si eran policías reales, policías comprados o ambulancias llamadas por algún invitado aterrorizado. En el sótano, Elias fue arrastrado hacia la pared, Dorian seguía arriba y Celeste, en algún lugar entre flores rotas, ya no era una