copa resbaló un poco entre sus dedos mojados.
—¿Y el accidente? —preguntó el hombre.
Celeste suspiró, casi divertida.
—Los accidentes ocurren todo el tiempo. Un coche en la lluvia. Una escalera mal iluminada. Un guardaespaldas distraído. Lo importante es que parezca triste, no conveniente.
Fay cerró los ojos.
No.
No había oído eso.
No podía haber oído eso.
—¿Y esta noche? —preguntó el hombre.
Un silencio breve.
Luego Celeste respondió más bajo.
—Esta noche solo probamos lealtades.
Fay no entendió esa frase al principio.
Después oyó algo que la heló por completo.
El sonido de vidrio sobre madera.
Una copa.
—Que beba lo suficiente —dijo Celeste—. No para matarlo. Todavía no. Solo para debilitarlo. Quiero ver quién se acerca primero cuando él tambalee.
La respiración de Fay se rompió.
No era un plan distante.
Era ahora.
Esa noche.
Allí.
La puerta se movió de pronto y Fay bajó la cabeza sobre las copas como si toda su vida dependiera de una mancha de agua. Celeste salió primero. Su rostro volvía a ser perfecto. Detrás de ella apareció un hombre alto, con barba recortada y una cicatriz pálida que le subía desde el cuello hasta la mandíbula.
El hombre la miró.
Fay sintió esa mirada pasar por ella como un cuchillo buscando carne.
Luego él siguió caminando.
Porque para él, Fay no era nadie.
Eso era lo que todos pensaban.
Una camarera pobre.
Un uniforme.
Un silencio con zapatos gastados.
Fay regresó al trabajo con las manos temblorosas. Intentó pensar. Intentó hacer lo correcto sin morir por ello. Podía avisar al gerente, pero el gerente había pasado toda la noche sudando cada vez que un hombre de Griffin lo miraba. Podía llamar a la policía, pero en Chicago la policía a veces llegaba con sirenas y a veces llegaba con sobres en los bolsillos. Podía irse, buscar su abrigo y desaparecer antes de que alguien notara que había escuchado demasiado.
Esa era la opción inteligente.
La conocida.
La suya.
Fay sabía huir.
Había huido de un padrastro que convertía las cenas familiares en campos minados. Había huido de un novio que pedía perdón con flores y golpeaba con los puños. Había huido de un jefe que le dijo que nadie creería a una chica sin dinero. Cada vez había guardado silencio porque el silencio parecía una llave.
Pero el silencio nunca abrió una puerta.
Solo cerró habitaciones detrás de ella.
Al levantar la vista, vio a Griffin al otro lado del salón.
Estaba escuchando a un anciano de traje azul que hablaba demasiado cerca de su rostro. Griffin sostenía una copa en la mano izquierda. Su derecha descansaba en la espalda de Celeste. No era un gesto tierno exactamente. Parecía más bien la costumbre de un hombre que cree saber dónde están todos los peligros.
No sabía que el peligro sonreía debajo de su palma.
Fay sintió rabia.
No por Griffin.
Por ella misma.
Por todas las veces que había visto venir el golpe y había fingido no verlo. Por todas las veces que alguien más había estado en peligro y ella se había convencido de que no era su asunto. Por todas las veces que sobrevivir le había exigido encogerse hasta desaparecer.
En ese momento, un camarero joven colocó una bandeja sobre la barra.
—Para la mesa principal —dijo, sin