Besó Al Jefe De La Mafia Y Reveló Un Secreto Mortal

mirarla.

En la bandeja había cuatro copas de champán y un vaso bajo con whisky.

El vaso de whisky tenía una rodaja de naranja.

Fay había servido las bebidas de Griffin toda la noche.

Nunca llevaba naranja.

Miró hacia el salón privado. El hombre de la cicatriz estaba cerca de la entrada, observándola. No con sospecha todavía. Con espera.

Entonces comprendió.

La prueba de lealtad ya estaba en su bandeja.

Si ella servía esa copa, Griffin la bebería.

Si no la servía, alguien preguntaría por qué.

Si hablaba, tal vez no sobreviviría hasta terminar la frase.

El ruido del salón pareció alejarse. La música se volvió agua bajo una puerta. Los candelabros se duplicaron en sus ojos. Fay escuchó su propio corazón, rápido, torpe, vivo.

Tres segundos.

En el primero, pensó en marcharse.

En el segundo, pensó en su madre, que le había dicho una vez que la bondad sin valor era solo un deseo bonito.

En el tercero, pensó: ya no.

Tomó la bandeja.

Caminó.

Cada paso hacia Griffin parecía más largo que el anterior. Pasó entre hombres que podían ordenar su muerte sin levantarse de la silla. Pasó junto a mujeres que la mirarían caer y luego volverían a preguntar por el postre. Pasó por debajo de candelabros tan brillantes que parecían estrellas domesticadas.

Celeste la vio acercarse.

La sonrisa de la novia no desapareció.

Pero sus ojos cambiaron.

—Gracias, querida —dijo Celeste, extendiendo la mano hacia la bandeja.

Fay movió la bandeja apenas, lo suficiente para que sus dedos no alcanzaran el vaso.

Griffin notó el gesto.

Por primera vez en toda la noche, miró directamente a Fay.

Sus ojos eran grises. No suaves. No crueles. Peores: atentos.

—¿Hay algún problema? —preguntó.

Fay abrió la boca.

No salió nada.

Celeste ladeó la cabeza.

—Debe estar nerviosa. No todos los días una muchacha como ella sirve en una celebración como esta.

Una muchacha como ella.

La frase cayó sobre Fay con todo el peso de su vida.

El hombre de la cicatriz dio un paso hacia ellos.

Griffin extendió la mano hacia el vaso de whisky.

Fay vio sus dedos acercarse al cristal.

Y entonces el cuerpo decidió antes que el miedo.

Soltó la bandeja.

El metal golpeó el suelo con un estruendo que hizo girar doscientas cabezas.

Las copas se rompieron.

El champán salpicó el mármol.

Celeste abrió los ojos, no por el escándalo, sino por la furia.

Griffin no retrocedió.

Eso hizo que lo que Fay hizo después pareciera aún más imposible.

Se lanzó hacia él, tomó su rostro entre las manos y lo besó.

El salón entero dejó de existir durante un latido.

Después, el silencio se volvió un animal enorme.

Los guardaespaldas de Griffin movieron las manos hacia sus chaquetas. Celeste dejó escapar un sonido ahogado. Alguien maldijo en voz baja. Fay sintió la boca de Griffin rígida contra la suya, no respondiendo, no apartándose, midiendo.

Ella no tenía tiempo para explicaciones.

Aprovechó la cercanía y susurró contra sus labios.

—No beba. Celeste quiere matarlo. El whisky está alterado.

Por un instante, nada cambió.

Luego la mano de Griffin se cerró sobre su cintura.

No fue un abrazo.

Fue una decisión.

La sostuvo antes de que los guardias la arrancaran de allí.

Fay sintió el temblor subirle por las piernas. Había cruzado una línea

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