los párpados pesan, el terror se vuelve una cosa sólida dentro del pecho.
La doctora me miró una sola vez.
No necesitó decirme nada.
Yo sabía.
Me subí a la cama cuando empezaron las compresiones.
Nadie me lo pidió.
Nadie se atrevió a detenerme.
Mis manos encontraron el ritmo por entrenamiento, pero cada presión sobre el pecho de mi hijo me arrancaba algo que jamás volvería a crecer.
—Vamos, Mateo —decía yo—.
Vamos, mi amor.
Respira.
Respira por mamá.
El carrito rojo que siempre llevaba en el bolsillo quedó sobre la sábana, cerca de su oreja.
Una rueda estaba rota desde hacía meses, pero él no dejaba que se lo cambiáramos porque decía que ese carrito ya conocía todos sus caminos.
A las 12:08 de la madrugada, la línea del monitor se volvió recta.
El sonido fue largo.
Delgado.
Inhumano.
La doctora Rivas bajó las manos.
—Hora de fallecimiento, 12:08.
Nadie en la habitación se movió durante un segundo.
Yo seguí sosteniendo la mano de Mateo.
Su piel estaba tibia todavía, y esa tibieza era una crueldad.
Parecía que el mundo me daba unos minutos para fingir que no se había ido.
No lloré.
Me quedé sentada junto a él mientras retiraban tubos, apagaban máquinas y bajaban la intensidad de las luces.
Alguien me puso una manta sobre los hombros.
Alguien me ofreció agua.
Yo no respondí.
Miraba su rostro.
Esperaba que abriera los ojos.
Pensaba en Daniel.
Veintidós llamadas.
Veintidós oportunidades de escuchar que su hijo lo necesitaba.
A las 3:01, apareció.
Lo vi al final del pasillo antes de que él me viera a mí.
Venía con su saco gris abierto, la corbata torcida, los zapatos impecables y el cabello revuelto de una manera que no tenía nada que ver con el viento ni con la prisa.
Se detuvo al reconocerme.
Durante una fracción de segundo, su rostro quedó vacío.
Después se puso la máscara.
—Valeria —dijo, acercándose rápido—.
Acabo de ver tus llamadas.
Se me apagó el teléfono.
¿Qué pasó? ¿Dónde está Mateo?
Yo no me levanté.
Sentía que si movía un músculo, mi cuerpo se partiría en dos.
—Tu hijo murió preguntando por ti.
Daniel se quedó rígido.
—No.
—Hace casi tres horas.
—No, Valeria.
No.
Eso no puede ser.
Se sentó a mi lado y se cubrió la cara.
Su respiración se volvió fuerte, teatral, irregular.
Yo lo miré como quien mira a un desconocido repitiendo una escena que practicó frente al espejo.
—Perdóname —dijo—.
Dios mío, perdóname.
Yo tenía que estar aquí.
—Sí —respondí—.
Tenías que estar aquí.
Entonces su celular cayó del bolsillo interno del saco.
Golpeó el piso con un sonido pequeño, absurdo, casi ridículo en medio de tanta muerte.
La pantalla se encendió hacia arriba.
Un mensaje apareció.
LUCÍA: Anoche fue perfecto.
Avísame cuando dejes de actuar como esposo preocupado.
No sentí sorpresa.
Eso me asustó después.
En ese instante solo sentí que una puerta se abría dentro de mi cabeza y todas las escenas de los últimos meses entraban juntas: Daniel duchándose al llegar tarde, Daniel bajando la voz para contestar llamadas, Daniel oliendo a vainilla y madera cuando yo no usaba ese perfume, Daniel protegiendo su celular como si llevara el corazón ahí dentro.
Se agachó para recogerlo.
Demasiado tarde.
—Valeria, escúchame.
—Estabas con ella.
—No es tan simple.