Cuando el médico le dijo que a Mariana Ríos le quedaban menos de setenta y dos horas de vida, su esposo esperó a que el pasillo quedara vacío, cerró la puerta del cuarto con suavidad y se inclinó sobre ella.
“Por fin”, susurró Mateo Arriaga junto a su oído. “Voy a dejar de fingir. Todo lo tuyo va a ser mío”.
Mariana no abrió los ojos.
No porque no quisiera.
Porque entendió, en ese instante, que seguir pareciendo inconsciente era la única razón por la que aún respiraba.
El cuarto del hospital olía a desinfectante, plástico tibio y café viejo. La luz blanca caía desde el techo sin misericordia, dejándole los párpados rojos por dentro. El monitor marcaba un pulso lento. Cada sonido parecía llegarle desde debajo del agua: las ruedas de una camilla, el murmullo de una enfermera, el roce de una bata contra la puerta.
Su cuerpo estaba tan pesado que mover un dedo le parecía una hazaña. La garganta le ardía. El abdomen era una piedra caliente bajo la sábana. La noche anterior había escuchado una frase que no dejaba de repetirse en su cabeza: daño hepático agudo.
Hasta entonces había querido creer que era una enfermedad cruel, repentina, inexplicable.
Pero Mateo acababa de darle una explicación.
Él se sentó a su lado con esa elegancia impecable que todos admiraban. Camisa blanca sin arrugas, reloj discreto, barba perfectamente recortada. El esposo devoto. El hombre que en las cenas sostenía la silla de Mariana, que publicaba fotos de aniversario con mensajes largos, que preguntaba por ella en voz alta para que todos escucharan cuánto la cuidaba.
En la mesita dejó un sobre color crema.
No trajo flores. No trajo rosarios. No trajo una muda de ropa.
Trajo documentos.
“La casa de San Miguel”, murmuró él, acariciándole la mano como si la consolara. “Las acciones que te dejó tu padre. El fideicomiso. La fundación. El seguro. Hasta el terreno de Querétaro que nunca quisiste vender”.
Hizo una pausa. Mariana sintió su aliento cerca de la mejilla.
“Tú siempre fuiste muy terca, mi amor. Pero al final, todos firman algo cuando están suficientemente cansados”.
El miedo llegó primero. Frío, animal, profundo.
Después vino una calma extraña.
Mariana recordó la primera infusión de menta que Mateo le preparó dos meses antes. Recordó cómo insistía en que la tomara hasta el fondo. Recordó el frasco sin etiqueta que él guardaba detrás de los tés. Recordó sus mareos, sus náuseas, la manera en que sus manos temblaban al firmar documentos que no alcanzaba a leer bien.
Recordó, sobre todo, el dije de plata con forma de golondrina que llevaba al cuello.
Todavía estaba ahí.
Mateo le acomodó la sábana hasta el pecho, como un actor que conoce su marca en el escenario.
Luego se levantó, abrió la puerta y dejó salir una voz rota.
“Doctor, por favor… haga todo lo que pueda. Mariana es mi vida”.
Cuando la puerta se cerró, Mariana quiso gritar.
Solo logró soltar una respiración débil.
Unos minutos después, entró una enfermera joven con el cabello recogido y ojeras de turno largo. Revisó el suero, anotó algo en la pantalla y se acercó al monitor.
“Señora Mariana”, dijo en voz baja. “Soy Lucía. ¿Puede escucharme?”.
Mariana abrió los ojos apenas.
Lucía se quedó inmóvil. Enseguida miró hacia la puerta.