morir y ustedes están buscando culpables.
—No —contestó mi padre—.
Estamos buscando la verdad.
En ese momento, mi celular vibró.
Lo saqué con manos torpes.
Era un mensaje de un número desconocido.
No dejes que Daniel entre al cuarto de Mateo.
Revisa el bolsillo de la pijama.
Él sabe que está ahí.
Debajo venía una foto borrosa.
Daniel, de perfil, en una farmacia abierta de noche.
En la mano sostenía un inhalador del mismo color que el de Mateo.
Sentí que el pasillo se inclinaba.
—¿Quién te mandó eso? —preguntó Daniel.
Su voz no sonó confundida.
Sonó furiosa.
Mi padre vio la foto y cambió de postura apenas.
Solo un hombro hacia atrás.
Pero yo conocía ese gesto.
Esteban Montenegro acababa de entrar en guerra.
—Nadie toca el cuarto del niño —dijo.
—No puedes decidir eso —escupió Daniel.
—Ya lo hice.
La doctora Rivas llamó a seguridad.
Mi padre llamó a su abogado.
Mi madre sostuvo mi mano mientras yo intentaba recordar cómo se respiraba.
Daniel empezó a hablar demasiado.
Que todo era una coincidencia.
Que había ido a la farmacia por medicina para él.
Que el mensaje era una trampa.
Que Lucía no significaba nada.
Que yo estaba alterada.
Que mi padre siempre lo había despreciado.
Cada palabra lo hundía más.
Porque Daniel no preguntaba por Mateo.
No pedía verlo.
No quería saber si había sufrido.
Solo quería controlar el daño.
Cuando por fin nos permitieron entrar al cuarto donde Mateo había quedado, lo hice sola con la doctora y un guardia.
Mi madre no pudo.
Mi padre se quedó afuera, con Daniel vigilado a distancia por seguridad.
La habitación estaba más oscura.
Ya no sonaban máquinas.
Mateo parecía dormido, con las pestañas quietas sobre las mejillas.
Me acerqué despacio.
—Perdóname, mi amor —susurré.
La doctora me indicó la pijama doblada en una bolsa transparente.
Yo reconocí los pequeños barcos amarillos estampados en la tela.
Me temblaron las manos al revisar el bolsillo.
Dentro había una memoria USB diminuta, roja, escondida junto al carrito roto.
Por un segundo no entendí.
Luego recordé a Mateo una semana antes, sentado bajo el escritorio de Daniel, jugando a que era mecánico de computadoras.
Daniel había gritado al verlo ahí.
—¡No toques mis cosas!
Mateo salió llorando.
Yo discutí con Daniel en el pasillo.
Él dijo que estaba estresado por trabajo.
Mateo, más tarde, me entregó su carrito rojo y me dijo:
—Mamá, guardé un tesoro para que papá no lo pierda.
Yo pensé que era una pieza de juguete.
No lo revisé.
La doctora llamó a mi padre.
El abogado llegó cuarenta minutos después con un perito informático.
En una sala administrativa del hospital, conectaron la memoria a una computadora sin internet.
Daniel estaba al otro lado de la puerta, custodiado por un guardia.
Gritaba que aquello era ilegal.
En la pantalla apareció una carpeta con varios archivos.
Videos.
Audios.
Fotos.
El primero se reprodujo con mala calidad.
Era la oficina de Daniel en casa, grabada desde algún lugar bajo el escritorio.
La imagen estaba torcida.
Se escuchaba la voz de Lucía.
—No puedes seguir pagando dos casas, Daniel.
Me prometiste que antes de fin de año todo iba a cambiar.
La voz de Daniel respondió:
—Va a cambiar.
—Valeria no va a darte el divorcio sin destruirte.
—No necesito que me