después de rumores sobre problemas internos.
Había llegado sonriendo, con Renata del brazo y una frase perfecta para la prensa.
—La innovación también es saber dejar atrás lo que nos limita.
Claudia escuchó esa frase desde el vestíbulo.
Por un instante, los bebés se movieron dentro de ella.
Puso una mano sobre el vientre y respiró.
—No tienes que entrar —le dijo Julián.
Ella miró las puertas doradas del salón.
—Sí tengo.
—Puedo entregar los documentos por ti.
—No.
Toda mi vida dejé que otros hablaran en salones donde yo había hecho el trabajo.
Hoy no.
Julián no discutió.
Solo caminó a su lado.
Cuando entraron, el salón cambió de temperatura.
Primero fueron las miradas curiosas.
Después los murmullos.
Luego la copa de Diego explotando en el piso.
Claudia no se permitió disfrutarlo.
El orgullo ajeno se rompía con ruido, pero el dolor propio no desaparecía por eso.
Vio a Diego mirar su vientre y supo, con una punzada en el pecho, que su primera emoción no era ternura.
Era posesión.
Diego no pensó: mis hijos.
Pensó: lo mío.
Esa diferencia fue suficiente para endurecerle el corazón.
Renata, en cambio, se quedó mirando a Claudia con una mezcla de miedo y cálculo.
No era una villana de cuento.
Era joven, ambiciosa, quizá cruel por comodidad, pero no tonta.
Había creído la versión que Diego le dio: una esposa fría, una separación antigua, una mujer que no entendía su mundo.
Ahora veía a Claudia embarazada, serena, acompañada por Julián Alcázar, y esa versión empezaba a llenarse de agujeros.
Diego caminó hacia Claudia con el rostro tenso.
—Necesito hablar contigo.
—No —respondió ella—.
Necesitas escuchar.
Le ofreció la carpeta.
Él no la tomó.
Un fotógrafo captó ese gesto: la mujer embarazada extendiendo documentos al exmarido que la había reemplazado, la modelo detrás, el multimillonario observando como una pared.
La foto circularía antes de medianoche.
—No hagas un espectáculo —murmuró Diego.
Claudia sintió una risa seca subiendo por la garganta, pero la contuvo.
—El espectáculo lo trajiste tú cuando decidiste convertir tu infidelidad en campaña de imagen.
—Baja la voz.
—No.
Fue una palabra pequeña.
Pero cambió algo.
Durante seis años, Claudia había modulado su voz para no hacerlo sentir expuesto.
Había corregido errores sin nombrarlos, cubierto ausencias, suavizado sus torpezas, ordenado crisis que él luego presentaba como victorias.
Esa noche no iba a sostenerle la máscara.
Un periodista se acercó lo suficiente para lanzar la pregunta.
—Señor Santoro, ¿es verdad que la firma de su exesposa fue falsificada?
Diego giró con violencia.
—No sé de qué habla.
—La auditoría filtrada menciona una cesión irregular de acciones —añadió otro.
Renata apretó el brazo de Diego.
—¿Qué cesión?
Claudia abrió la carpeta y sacó una copia.
—Esta.
La hoja tenía sellos, fechas y una firma al final.
Una firma parecida a la suya, pero sin el trazo final que Claudia hacía desde los diecisiete años, una pequeña inclinación que ningún falsificador habría considerado importante.
Diego miró la página como si pudiera incendiarla con los ojos.
—Eso lo revisaron abogados.
—Tus abogados.
—Estás embarazada y alterada.
No sabes medir las consecuencias.
Ahí, por primera vez, Julián habló.
—Cuidado con la siguiente frase.
No fue una amenaza explícita.
Fue peor.
Fue la certeza de que Julián no necesitaba amenazar.
Diego se volvió hacia él.
—Usted no