La Vio Embarazada y Su Mentira Se Rompió Frente a Todos

tiene nada que hacer aquí.

—Estoy en mi hotel, en mi gala y junto a la directora de mi fundación —dijo Julián—.

Creo que tengo varias razones.

La palabra directora recorrió el salón con un nuevo murmullo.

Claudia vio cómo algunas personas dejaban de mirarla como exesposa y empezaban a mirarla como alguien con nombre propio.

Diego también lo notó.

—¿Directora? —repitió, con desprecio—.

Qué rápido conseguiste protector.

Claudia sintió la antigua herida abrirse, pero esta vez no sangró hacia afuera.

—No confundas respeto con rescate.

Tal vez por eso nunca supiste dar ninguna de las dos cosas.

Renata bajó la mirada.

El comentario llegó a la parte exacta del orgullo de Diego.

Su rostro se endureció.

—¿Son míos?

La pregunta cayó en el salón como un objeto sucio.

Claudia sintió que todos miraban su vientre.

Se odiaba un poco por haber permitido que esa conversación ocurriera allí, pero también sabía que Diego la habría buscado en privado solo para torcer la verdad.

En público, al menos, sus silencios tenían testigos.

—Eso lo hablarás con mi abogada —respondió—.

No con cámaras encima.

—Tengo derecho a saber.

—Tuviste derecho a contestar el teléfono.

Por primera vez, Diego no tuvo réplica inmediata.

Renata lo miró despacio.

—¿Ella te llamó?

Diego no respondió.

Claudia guardó la copia y sacó otra hoja.

La imagen de una cámara de seguridad mostraba al abogado de Diego entrando a una notaría con una mujer de cabello oscuro, lentes grandes y gabardina beige.

La fecha coincidía con el registro de la supuesta firma.

Claudia estaba a cientos de kilómetros, en Mérida, con su hermana.

Renata se quedó helada.

—Esa gabardina…

Diego cerró los ojos un segundo.

Ese segundo bastó.

Renata entendió que estaba viendo algo que no debía existir.

La gabardina era suya.

Se la había prestado una tarde a Mauricio Ledesma porque, según Diego, necesitaban recoger unos documentos y los paparazzi estaban afuera del edificio.

Ella no había ido.

Solo había dejado la prenda sobre una silla, riéndose de lo absurdo de la petición.

—¿Qué hicieron con mi nombre? —preguntó Renata.

Diego bajó la voz.

—No empieces.

—¿Qué hicieron, Diego?

La seguridad del salón se acercó, pero Julián levantó una mano mínima y se detuvieron.

Todo seguía pareciendo elegante desde lejos; de cerca, era una demolición.

Claudia miró a Renata.

—No sé cuánto sabías.

Pero hay contratos vinculados a cuentas abiertas con tu documentación.

Renata palideció.

—Yo no firmé nada.

—Eso espero —dijo Claudia, sin crueldad—.

Porque si lo hiciste, mañana también tendrás que explicarlo.

Diego soltó una maldición entre dientes.

—Esto es una trampa.

—No —dijo Claudia—.

Una trampa fue poner mi firma en un documento mientras yo estaba fuera.

Una trampa fue usar a Renata como pantalla.

Una trampa fue decirle a la prensa que yo me llevé dinero que tú estabas moviendo por debajo de la mesa.

Algunos invitados empezaron a revisar sus teléfonos.

La filtración ya estaba ocurriendo.

Los primeros titulares aparecían en portales financieros: Auditoría cuestiona cesión de acciones en Santoro Nova.

Exesposa de Diego Santoro reaparece embarazada en gala de Alcázar.

Posibles firmas falsas sacuden alianza tecnológica.

Diego vio las pantallas encenderse una tras otra y comprendió que no podría llamar a nadie lo bastante rápido.

—Claudia —dijo, esta vez sin arrogancia—.

No sabes lo que esto puede hacerle a la

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