hospital.
“¿Y el dinero?”
Esteban abrió la carpeta. Sus dedos temblaron apenas.
“Pidió el pago urgente. Adjuntó una grabación de la tormenta y una declaración firmada por dos testigos. Uno de ellos es Inés Fuentes”.
Yo cerré los ojos.
No por dolor. Por vergüenza. Había invitado a esa mujer a mi casa. Le había servido café. Le había contado que tenía miedo de no ser una buena madre. Ella había puesto una mano sobre mi vientre y había dicho que los bebés siempre traían luz.
“Quiero ir a la misa”, dije.
Esteban negó de inmediato.
“No estás en condiciones”.
“Él me vio suplicar. Quiero verlo responder”.
“La policía puede detenerlo sin que te expongas”.
“No”, dije, y mi voz sonó tan firme que los dos nos sorprendimos. “Tomás siempre gana porque habla primero. Porque se viste bien. Porque convence a todos de que yo exagero, de que soy frágil, de que necesito que él piense por mí. Esta vez va a hablar primero. Y después voy a entrar yo”.
Esteban me miró largo rato. Tal vez vio a mi madre en mí. Tal vez vio una hija que acababa de encontrar y que no podía proteger de todo. Al final cerró la carpeta.
“Entonces lo haremos bien”.
Esa mañana, mientras los médicos protestaban y las enfermeras murmuraban, me ayudaron a vestirme de negro. No era elegante. Era un vestido amplio, de tela suave, prestado por una trabajadora social. Me cubrieron la herida de la ceja con maquillaje, pero no lo suficiente para esconderla por completo. Yo no quería verme perfecta. Quería verme viva.
Antes de salir, la doctora revisó el monitor una última vez.
“Si siente dolor intenso, contracciones constantes o mareo, vuelve de inmediato”, advirtió.
“Sí”, mentí.
Esteban me ofreció el brazo.
En el trayecto hacia la Basílica de San Gabriel, la ciudad parecía ajena a mi muerte. Había gente comprando flores, niños con mochilas, vendedores levantando cortinas metálicas. Yo miraba por la ventana blindada y pensaba en mi madre. En la carta que nunca me entregó. En todos los años que pasé creyendo que mi padre era un fantasma sin nombre.
“¿Por qué estaba usted en el canal?”, pregunté de pronto.
Esteban tardó en responder.
“Porque la solicitud de Tomás activó una alerta interna. La póliza era demasiado grande y demasiado reciente. Además, tu apellido materno coincidía con un expediente antiguo de mi vida”.
“¿Mi madre?”
Asintió.
“Marina trabajó conmigo cuando éramos jóvenes. Nos amamos. Luego desapareció sin explicación. Yo creí que había elegido otra vida. Hace unos meses recibí una carta atrasada de ella. Decía que tenía una hija. Decía que, si algo le pasaba, buscara un lunar bajo su oreja izquierda”.
Me llevé la mano al cuello.
“Ella murió hace ocho meses”.
“Lo sé. Llegué tarde”.
Su voz se quebró en esas tres palabras.
No supe qué decir. Estábamos camino a enfrentar a mi esposo asesino y, aun así, una parte de mí era una niña mirando al hombre que pudo haber sido su padre en los cumpleaños, en las graduaciones, en las noches de fiebre.
“No llegó tarde hoy”, dije.
Él apretó mi mano.
La basílica estaba llena. Tomás siempre había tenido talento para reunir público. Clientes, colegas, vecinos, parientes lejanos, todos querían acompañar al viudo trágico. En el altar estaba el ataúd cerrado, cubierto