comprado la prueba en una farmacia de otro barrio, con la capucha de la sudadera puesta aunque hiciera calor. Había esperado sola en el baño de la escuela, contando respiraciones. Dos rayitas rosas habían aparecido con una crueldad limpia.
Bruno se fue del pueblo tres días después.
Nadie dijo que huía de ella. En San Jacinto, las verdades se disfrazaban de chisme para no parecer responsabilidad. Una mujer de la tienda comentó que Bruno había conseguido trabajo en Colima. Otra dijo que se había ido con una novia. Inés escuchó todo con las manos sobre el vientre, fingiendo elegir tomates.
Durante dos semanas intentó ocultarlo.
Vomitando antes del desayuno. Aflojándose la falda del uniforme. Sonriendo cuando Clara preguntaba si estaba enferma. Rezando en silencio aunque ya no sabía si hablaba con Dios o con el miedo.
La noche en que decidió contarlo, la casa olía a frijoles refritos y cera para muebles. Ernesto estaba en la mesa del comedor revisando papeles de la cooperativa. Clara doblaba servilletas para una kermés de la parroquia. La televisión sonaba bajito en la sala.
Inés se quedó bajo el arco de la cocina.
—Papá… mamá… necesito hablar con ustedes.
Clara levantó la mirada. En sus ojos hubo una alarma inmediata, como si llevara años esperando que algo se rompiera.
Ernesto no soltó la pluma.
—Habla.
Inés había practicado la frase frente al espejo. Había imaginado lágrimas, gritos, quizás un abrazo después del enojo. Pero cuando abrió la boca, todo salió pequeño.
—Estoy embarazada.
La pluma de Ernesto dejó de moverse.
Clara apretó una servilleta contra el pecho. No dijo nada. Inés la miró buscando a su madre, no a la esposa de su padre, no a la mujer del catecismo, no a la señora correcta que todo el pueblo respetaba. Buscó a la mujer que le peinaba trenzas de niña y le cantaba cuando tenía fiebre.
Esa mujer no apareció.
—¿De quién? —preguntó Ernesto.
—De Bruno Salcedo.
El nombre pareció ensuciar la mesa.
Ernesto se levantó despacio. No gritó. Fue a la sala, abrió el clóset y volvió con una mochila vieja que Inés usaba para los viajes escolares. La lanzó al piso, junto a sus pies.
—Sube por tus cosas.
Clara hizo un ruido ahogado.
—Ernesto, es una niña.
Él giró hacia ella con una calma helada.
—Una niña no hace esto.
Inés sintió que las rodillas le fallaban.
—Papá, por favor. Yo no sé qué hacer.
—Debiste pensarlo antes.
—No tengo a dónde ir.
—Ese dejó de ser mi problema cuando decidiste traer vergüenza a esta casa.
La palabra vergüenza llenó la habitación. Se pegó a las paredes. A las manos de Clara. Al aire que Inés intentaba respirar.
Subió a su cuarto como si caminara dentro de agua. Metió ropa sin doblar, un cuaderno, un cepillo, una foto de la feria donde Clara la cargaba en brazos y ambas reían con la boca abierta. También guardó un osito pequeño que conservaba desde niña. Le dio pena meterlo, pero le dio más miedo dejarlo.
Cuando bajó, Ernesto estaba junto a la puerta abierta.
Afuera llovía fino.
—No vuelvas —dijo él— hasta que aprendas lo que cuesta desobedecer.
Inés miró a Clara.
Su madre estaba detrás de él, pálida, con los labios apretados. Durante un segundo avanzó medio paso. Ernesto no tuvo que