Nunca los castigó por las decisiones de sus padres. Lucía volvió a sentarse en su cama para pedirle historias. Mateo volvió a pedir ponche antes de tiempo. Poco a poco, la casa recuperó risas. Diferentes. Más cuidadas. Pero reales.
La siguiente Nochebuena, Ofelia puso seis lugares en la mesa.
No ocho.
No por amargura, sino por paz.
Colocó el mantel de lino blanco. Encendió las velas largas. Sacó la vajilla que Claudia había querido guardar para siempre. Colgó en el recibidor el retrato de sus padres y, sobre el aparador, dejó una fotografía de Ernesto sonriendo en el jardín con una camisa de cuadros y una taza de café entre las manos.
Antes de sentarse, llevó al cuarto de lavado la vieja mesa plegable. La observó unos segundos.
Seguía siendo solo una mesa.
El daño nunca estuvo en el objeto, sino en la intención con que la usaron.
La cerró, la apoyó contra la pared y apagó la luz.
Luego volvió al comedor, donde Teresa ya servía el ponche y los niños discutían por quién iba a partir el pastel. Ofelia ocupó su lugar en la cabecera. No porque necesitara demostrar nada, sino porque por fin había dejado de pedir permiso para existir dentro de su propia vida.
Afuera, la noche olía a canela y frío.
Adentro, la mesa estaba completa.
Y esta vez nadie podía moverla.