La apartaron de su mesa y descubrió algo peor

vuelta atrás.

Ofelia la miró un largo rato.

—Ellos cruzaron la línea primero.

Durmió unas horas en el cuarto de visitas de Teresa. Mal, a ratos, con imágenes desordenadas: Ernesto lijando madera en el patio, Julián niño sosteniendo un globo rojo, Claudia escribiendo Abuelita en una tarjeta blanca.

Al amanecer ya estaba vestida.

La notaría abrió a las nueve. El edificio tenía un olor a papel, cera de piso y aire acondicionado antiguo. Detrás del mostrador, la misma recepcionista de la noche anterior evitó mirarla demasiado. Irene tomó la palabra con voz firme. Pidió acceso inmediato al expediente, identificación de comparecientes y respaldo audiovisual.

El notario apareció diez minutos después, incómodo, sudoroso, más preocupado por la responsabilidad profesional que por la dignidad de la mujer a la que habían intentado despojar.

—Debe haber un malentendido —dijo.

Irene no le permitió refugiarse en esa frase.

—Lo resolveremos con los videos.

Al principio alegaron protocolos. Luego, cuando Irene mencionó denuncia, registro, colegio de notarios y responsabilidad civil, apareció la carpeta. Después, un asistente trajo una tableta con acceso a la cámara del área de firmas.

Ofelia vio la pantalla de pie, con una mano apoyada en el escritorio para no perder el equilibrio.

La mujer que aparecía sentada frente al notario tenía el cabello teñido del mismo tono castaño rojizo que el suyo. Usaba lentes grandes y cubrebocas. La blusa se parecía a una que Ofelia tenía. La postura, incluso, intentaba imitar su forma de inclinar el hombro derecho.

Pero no era ella.

Y a un lado, fuera de toda duda, estaba Julián.

Julián mirando la mesa de firmas. Julián entregando una carpeta. Julián asintiendo cuando la falsa Ofelia tomó la pluma.

Ofelia sintió que algo dentro de ella dejaba de suplicar explicaciones.

Ya no había espacio para el autoengaño.

—Necesito una copia de esto —dijo.

El notario abrió la boca para responder con cautela jurídica. Irene habló primero.

—La va a tener.

La fiscalía ocupó el resto de la mañana. Denuncia formal. Identificaciones. Comparativo de firmas. Solicitud urgente de medidas registrales. Ofelia firmó papeles que esta vez sí leyó línea por línea. Cada rúbrica suya era clara, firme, inconfundible.

A la una de la tarde, Irene recibió una llamada.

—La reunión con el comprador sigue en pie —informó—. Es en la casa.

Ofelia levantó la mirada.

—¿En mi casa?

—Sí.

Teresa, que no se había separado de ella, apretó los labios.

—Van a llevarlo directamente a ver la propiedad.

Hubo un silencio corto.

Después, Ofelia tomó su bolso.

—Entonces vamos a recibirlos.

Regresó a la casa con Irene y Teresa poco antes de las once. Una patrulla se mantuvo a una calle de distancia por recomendación de la fiscalía, lista para intervenir si la situación escalaba. Irene cargaba copias de la denuncia, del bloqueo registral temporal y de la videograbación resguardada en su teléfono y en una memoria USB.

La puerta principal estaba abierta. Desde la entrada se escuchaban voces y pasos. Claudia hablaba con entusiasmo profesional, como si fuera agente inmobiliaria. Julián asentía de vez en cuando. Los niños no estaban. Probablemente los habían mandado con algún familiar.

Al entrar al recibidor, Ofelia vio a un hombre de unos cincuenta años con camisa celeste, una carpeta bajo el brazo y expresión de alguien que cree estar haciendo un buen negocio.

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