—Pasa —dijo sin preguntar.
Ofelia cruzó la cocina de Teresa con la caja metálica apretada contra el pecho. Le contó todo. La mesa plegable. La tarjeta que decía Abuelita. La firma falsa. La mención de Julián en la notaría. Al terminar, estaba pálida, pero seguía sin llorar.
Teresa le sirvió café cargado y llamó a su sobrina Irene, abogada especializada en temas patrimoniales.
Irene llegó media hora después, despeinada por el apuro, con una laptop, una carpeta y una serenidad que a Ofelia le dio un poco de aire.
Revisó la escritura original. Comparó la firma con la del poder. Pidió ver la identificación de Ofelia. Anotó fechas. Hizo un cuadro en una hoja amarilla. Luego levantó la mirada.
—Aquí hay, por lo menos, falsificación de firma, suplantación de identidad y tentativa de fraude patrimonial.
Ofelia apretó la taza.
—¿Mi hijo también está metido?
Irene no respondió de inmediato. Había compasión en su mirada, pero no mentira.
—Si estuvo presente y sabía que no eras tú, sí.
Teresa soltó un insulto en voz baja.
Ofelia se quedó mirando la mesa de la cocina. Pensó en Julián con seis años, escondido detrás de sus piernas el primer día de escuela. Pensó en Julián con catorce, jurándole que nunca la dejaría sola. Pensó en el hombre que ahora figuraba como acompañante de una impostora en una notaría.
El dolor se le instaló en el pecho como una piedra.
—¿Qué quieren exactamente? —preguntó.
Irene amplió el documento en la pantalla.
—El tipo de poder que presentaron permite administrar el inmueble y, con anexos o actos posteriores, incluso comprometerlo para una venta o un crédito. Necesitamos saber si esto se quedó en intento o si ya avanzó.
Hizo dos llamadas. En la primera no obtuvo mucho. En la segunda cambió el tono, citó artículos legales y nombres completos. Eso abrió puertas.
Cuando colgó, tenía el ceño fruncido.
—Hay un expediente provisional en una gestoría inmobiliaria —dijo—. El poder se usó como respaldo para iniciar una operación sobre la casa.
—¿Una operación? —repitió Ofelia.
—Una preventa.
La palabra cayó con un peso seco.
—No pueden vender lo que no es suyo —murmuró Teresa.
—No legalmente —respondió Irene—. Pero sí pueden intentar firmar promesas, recibir anticipos y dejar el problema encendido para después. Y hay más.
Señaló un número escrito a mano en la esquina del documento.
—Mañana a las once está agendada una reunión con el supuesto comprador.
—¿Mañana? —preguntó Ofelia.
—Veinticinco de diciembre. Sí.
A Ofelia se le helaron las manos.
Esa gente pensaba cerrar el trato al día siguiente, mientras ella amanecía humillada y quizá todavía paralizada por la cena. Apostaban a su vergüenza, a su edad, a su tendencia a no hacer escándalos. Apostaban a que una mujer mayor preferiría callar antes que denunciar a su propio hijo.
No la conocían tanto como creían.
Irene le explicó los pasos. Esa misma noche presentarían aviso preventivo en el registro para bloquear movimientos. A primera hora irían a la notaría a exigir la videograbación, la bitácora de ingreso y la identidad de quien se presentó. Después acudirían a la fiscalía especializada en delitos patrimoniales. También necesitaban cambiar chapas y resguardar documentos.
—Lo más difícil no es lo legal —dijo Irene—. Lo más difícil será lo emocional. Porque si tú das este paso, no hay