yo ni siquiera recordaba haber puesto en garantía.
—¿Tiene dolor? —preguntó el notario, impaciente.
—Mucho —susurré.
Tomás me acarició la mano.
—Firma donde te indique.
Tomé la pluma. La dejé caer.
—No puedo.
Su mandíbula se endureció apenas un segundo.
—Claro que puedes, mi amor.
—Mañana —dije.
—Inés…
—Mañana.
El notario miró a Tomás. Tomás respiró hondo y recuperó su actuación.
—Está bien. Mañana temprano.
Pero sus ojos me dijeron que esa noche no me dejaría tranquila.
Por la tarde llegó Renata.
No entró como amante. Entró como mujer segura de que una puerta ya estaba abierta para ella. Vestía de negro, con el cabello recogido y unos aretes de perla que yo había admirado alguna vez en una cena. Fingió preocupación frente a mi hermano, pero cuando Javier bajó a contestar una llamada y Tomás salió al pasillo, ella se acercó a mi cama.
—Pobre Inés —murmuró.
Sus ojos recorrieron las paredes: los cuadros, las fotografías, la cómoda antigua, la vista al jardín.
—Siempre tuviste buen gusto.
Yo mantuve los párpados casi cerrados.
Renata se inclinó un poco más.
—Debiste vender antes de enfermarte. Hay cosas que se desperdician en manos sentimentales.
Martina estaba en el pasillo con el teléfono grabando.
Renata tocó el borde de mi sábana.
—No te preocupes. La galería seguirá viva. Con alguien que entienda mejor hacia dónde va el mundo.
En ese momento comprendí que no era solo codicia. Era desprecio. Renata no quería únicamente a mi esposo ni mi dinero. Quería ocupar mi lugar y convencerse de que lo merecía.
Cuando Tomás volvió, ella cambió el rostro.
—No sé cómo soportas verla así —dijo, tomándole la mano.
Él no la apartó.
Ni siquiera miró hacia mí para comprobar si podía verlo.
Esa noche, Martina entró con sopa que ella misma preparó. Tomás intentó darle unas gotas.
—La doctora dijo que esto la ayuda a dormir.
Martina sostuvo la bandeja.
—Yo se las doy, señor.
—No. Yo lo hago.
Fue una batalla mínima, silenciosa. La cuchara sobre la bandeja. La mano de Tomás extendida. La mirada de Martina clavada en la suya.
—Doña Inés vomitó después de la última dosis —dijo ella—. Si vuelve a pasar, voy a llamar a urgencias y a la doctora anterior también.
Tomás la miró con una calma peligrosa.
—¿La doctora anterior?
—El doctor Benítez —corrigió Martina—. Perdón. Me confundí.
Él sonrió sin alegría.
—Tenga cuidado con sus confusiones.
Cuando salió, Martina me dio solo caldo limpio. Yo bebí tres cucharadas y sentí por primera vez en semanas que el cuerpo no se apagaba después.
A las dos de la mañana escuchamos pasos.
Tomás entró creyendo que dormíamos. Martina se había ocultado detrás del biombo junto al armario. Yo mantuve la respiración lenta. Él se acercó a la mesa de noche y revisó los frascos. Luego tomó el vaso de agua y sacó algo del bolsillo.
Un gotero.
El vidrio sonó apenas.
Una gota.
Dos.
Tres.
Mi estómago se contrajo.
Después acercó el vaso a mis labios.
—Inés —susurró—. Toma un poquito.
No respondí.
Me tocó la mejilla con más fuerza.
—Inés.
Martina dejó caer algo detrás del biombo. Un golpe seco.
Tomás se giró.
—¿Quién está ahí?
Yo abrí los ojos apenas y murmuré:
—Papá…
Él volvió a mirarme. Por un instante, el miedo le cruzó la cara.