Escuchó a Su Esposo Rezar Por Su Muerte

antes del viernes, el seguro puede abrir investigación. Necesitamos que parezca natural después de la firma.

La sala se convirtió en piedra.

Tomás no habló.

Yo sí.

—Mis últimas cuarenta y ocho horas no fueron para despedirme, Tomás. Fueron para aprender quién estaba cavando mi tumba.

Renata intentó caminar hacia la puerta. Un agente le cerró el paso.

—Señora Solís, permanezca donde está.

—Yo no hice nada —dijo ella, y por primera vez su voz perdió belleza—. Él me dijo que solo eran calmantes.

Tomás la miró con desprecio.

—Cállate.

Esa palabra terminó de romper la alianza entre ellos.

Renata empezó a hablar. No como arrepentida, sino como alguien que ya se veía sola en el abismo.

—Tú trajiste las gotas. Tú hablaste con la doctora. Tú dijiste que si Inés seguía viva después del viernes, todo se complicaría.

—¡Cállate! —gritó Tomás.

Mi suegra se levantó temblando.

—Hijo, por favor.

La miré.

—¿Usted sabía?

Amalia se llevó una mano al pecho.

—Yo no sabía lo de las medicinas.

—No le pregunté eso.

Su silencio contestó antes que su boca.

—Sabía que Tomás estaba desesperado —dijo al fin—. Sabía que había deudas. Sabía que Renata no era solo una empleada. Pero no pensé que…

No terminó.

Martina, desde mi lado, dijo:

—Uno siempre piensa menos cuando le conviene.

Julia abrió la segunda carpeta.

—Hay más.

Tomás se quedó inmóvil.

—Julia, no.

—Sí —respondió ella—. Inés tiene derecho a saberlo todo.

Sacó una fotografía antigua. Era de la inauguración de mi primera galería. Yo aparecía junto a mi padre, Ernesto Aranda, orgulloso, con su mano sobre mi hombro. En el fondo estaba Renata, mucho más joven, mirando hacia Tomás con una familiaridad que no recordaba haber notado.

—Renata no llegó a tu vida por casualidad —dijo Julia—. Y el problema tampoco empezó con tu enfermedad.

Me faltó aire.

—¿Qué quieres decir?

Julia colocó un documento más sobre la mesa.

—Tu padre dejó a tu nombre un terreno en Valle de Bravo. Tomás lo vendió hace seis meses usando una firma falsificada. La compradora fue una empresa pantalla vinculada a Renata.

Miré a Tomás.

—¿Vendiste algo de mi padre?

Él apretó los labios.

—Era un terreno muerto. Tú ni siquiera lo usabas.

—No era tuyo.

—Nada era mío contigo —estalló—. Esa era la maldita verdad. Esta casa era de tu padre. La galería era de tu padre. Tu apellido abría puertas. Yo podía trabajar quince horas y aun así todos me preguntaban por Inés Aranda. Siempre fui tu esposo. Tu sombra elegante.

La rabia lo volvió honesto.

—Yo te di mi vida —dijo.

—No. Me cobraste la tuya.

Javier avanzó hacia él, pero un agente lo detuvo suavemente.

—Déjeme —dijo mi hermano—. Solo una vez.

—No —dije.

Mi voz salió débil, pero bastó.

Javier se detuvo.

Yo no quería que Tomás recibiera un golpe. Quería que recibiera consecuencias.

Los agentes esposaron primero al notario, que empezó a decir que él solo seguía instrucciones. Después a Renata. Ella lloraba y repetía que podía entregar correos, cuentas, mensajes. Al final, cuando las esposas cerraron en las muñecas de Tomás, él levantó la mirada hacia mí.

—No vas a poder manejar todo sin mí.

Martina soltó una risa breve y amarga.

—Señor, usted ni siquiera pudo enterrarla bien.

Por primera vez en mucho tiempo, sonreí.

Pero

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