caja de costura azul que había pertenecido a mi madre. Dentro, entre carretes de hilo y botones antiguos, estaba el teléfono que yo había usado años atrás para viajes de trabajo. La batería estaba baja, pero funcionaba. Martina lo conectó detrás de un sillón, ocultando el cable con una manta.
A las cuatro y media de la madrugada llamé a Julia Rivas.
Julia era mi abogada desde antes de mi matrimonio. Seca, brillante, incapaz de asustarse con facilidad. Cuando escuchó mi voz, no dijo hola.
—Inés, ¿dónde estás?
—En mi cama. Fingiendo que me muero.
Hubo un silencio.
—Explícate.
Le conté todo en frases cortas: Tomás, Renata, las medicinas, la herencia, la llamada a su madre, el plazo antes del viernes. No lloré hasta que dije la palabra mamá, porque recordé a mi padre muerto hacía tres años, confiando en que Tomás me cuidaría.
Julia no me interrumpió.
Cuando terminé, su voz sonó baja pero firme.
—Escúchame bien. No confrontes a nadie. No tomes nada que no venga de Martina. Voy a mover a un médico independiente, a un notario de confianza y a la fiscalía. Necesito que resistas hasta mañana.
—Tomás quiere que firme algo.
—Perfecto —dijo ella—. Que crea que ganó.
A las ocho de la mañana, yo era una actriz impecable.
Dejé que Tomás me encontrara más pálida que nunca. Martina, siguiendo instrucciones de Julia, había cambiado el té por agua simple y ocultado las medicinas sospechosas. Yo mantuve la mirada perdida, respondí con monosílabos y dejé que mi mano temblara sobre la sábana.
Tomás se inclinó sobre mí.
—Hoy vendrá un notario, mi amor. Solo para organizar unas cosas. Así nadie va a pelear cuando tú descanses.
Quise escupirle en la cara.
En cambio, murmuré:
—Estoy cansada.
Él sonrió con ternura.
—Lo sé.
Su ternura era lo más monstruoso.
A media mañana llegó mi hermano Javier. Tenía los ojos rojos, la camisa mal abotonada y el dolor de quien ya estaba ensayando una despedida.
—Inés —dijo, arrodillándose junto a la cama—. Soy yo.
Tomás le puso una mano en el hombro.
—No la agites. La doctora pidió calma.
Yo quería advertirle. Javier era impulsivo. Si le decía algo en ese momento, habría golpeado a Tomás y arruinado todo. Así que solo apreté sus dedos una vez. Una señal de infancia. Cuando éramos niños, un apretón significaba no preguntes aquí.
Javier frunció el ceño.
Tomás no lo notó.
Ese fue el primer pequeño triunfo.
A mediodía, el notario apareció con una carpeta de cuero y demasiada prisa. Dijo llamarse Octavio Leal. Nunca lo había visto. Tomás lo presentó como un profesional de absoluta confianza. Mi suegra Amalia se sentó en una esquina con el rosario enrollado en la mano.
—Inés desea dejar todo organizado —dijo Tomás con solemnidad—. No quiere que su legado termine en pleitos.
El notario sacó unos documentos.
—Solo necesitamos unas firmas para confirmar la administración total del señor Valdés sobre bienes, cuentas, colección y derechos de venta.
Yo miré los papeles como si no pudiera leer.
Pero leí lo suficiente.
No era una simple administración. Era una rendición completa. Con mi firma, Tomás podría vender la galería, liquidar obras, cerrar fideicomisos y mover fondos sin autorización adicional. En uno de los anexos aparecía una cláusula sobre un terreno en Valle de Bravo que