solo la tuya.
Él la abrazó de nuevo. Durante mucho tiempo se quedaron así, en silencio. A veces, después de tanto sufrimiento, las palabras sobran.
Esa noche, Wendy preparó una comida sencilla. Kunle comió despacio, agradeciendo cada bocado. Hablaron de cosas pequeñas: el trabajo de Wendy, el tratamiento, los muebles que faltaban, los planes para recuperar poco a poco la normalidad.
Por primera vez en meses, la casa no olía a miedo. Olía a comida caliente y esperanza.
Después de cenar, Kunle se quedó mirando a Wendy desde el otro lado de la mesa.
¿Qué pasa?, preguntó ella.
Estoy tratando de memorizar este momento.
Wendy sonrió.
¿Por qué?
Porque cuando estaba enfermo, había momentos en los que sentía que nunca volvería a tener algo así. Una mesa. Una casa. Una esposa esperándome. Paz.
Wendy bajó la mirada, emocionada.
La paz también se reconstruye.
Kunle asintió.
Y yo voy a cuidarla. Te lo prometo.
Durante los días siguientes, comenzaron a adaptarse a una nueva rutina. Kunle tomaba sus medicamentos, descansaba y asistía a sus revisiones. Wendy trabajaba durante el día y volvía a casa con la ilusión de encontrarlo mejor. A veces él tenía momentos de tristeza. A veces se quedaba callado demasiado tiempo. Pero ya no era aquella crisis violenta del comienzo.
Ambos entendieron que sanar no era olvidar. Sanar era aprender a vivir con lo ocurrido sin permitir que lo ocurrido gobernara cada rincón del presente.
Wendy también tuvo que sanar. Aunque Kunle había sido el paciente, ella también había quedado herida. Se sobresaltaba cuando él levantaba la voz. Se preocupaba si dormía demasiado. Revisaba su expresión buscando señales de recaída. El amor, después del trauma, también necesita paciencia.
Kunle lo notaba.
Un día le dijo:
No quiero que vivas vigilándome como si fuera a desaparecer otra vez.
Wendy se quedó quieta.
No sé cómo dejar de tener miedo.
Kunle tomó su mano.
Entonces aprenderemos juntos.
Esa fue la promesa más honesta que podían hacerse.
Con el tiempo, la alegría comenzó a entrar en la casa sin pedir permiso. Wendy reía más. Kunle empezó a caminar por las mañanas. Algunos fines de semana salían en el coche nuevo y recorrían lugares tranquilos. No necesitaban grandes celebraciones. Les bastaba estar vivos, estar juntos, estar de regreso.
Pero la vida, que ya les había mostrado su lado más cruel, aún escondía una última sombra.
Una tarde, mientras Kunle descansaba en la sala y Wendy organizaba unos documentos del trabajo, su teléfono sonó. Era un número desconocido. Ella pensó en no contestar, pero algo la impulsó a hacerlo.
Hola, dijo.
Al principio solo escuchó respiración.
¿Quién habla?
La voz que respondió era baja, nerviosa.
¿Usted es Wendy, la esposa de Kunle?
Sí. ¿Quién es?
La persona guardó silencio unos segundos.
No celebre demasiado pronto. Hay algo sobre el accidente de su esposo que usted no sabe.
Wendy sintió que la sangre se le helaba.
¿Qué quiere decir?
El accidente no fue un accidente.
Wendy miró hacia la sala. Kunle estaba sentado en el sofá, tranquilo, sosteniendo una taza de té. Parecía tan lejos del horror que acababan de superar que ella no quiso arrastrarlo de nuevo a la oscuridad.
Salió al balcón y cerró la puerta con cuidado.
Explíquese, exigió.
No puedo hablar mucho. Me están vigilando. Pero alguien siguió el coche