apenas para mirarlo.
No tienes que pedirme perdón por enfermarte.
Pero te hice sufrir.
Tú también sufriste, respondió ella.
Kunle miró alrededor, confundido cuando Wendy le mostró las llaves.
Tengo algo para ti.
Él frunció el ceño.
¿Para mí?
Wendy señaló el coche estacionado frente al hospital.
Este es tu regalo por sobrevivir.
Kunle miró el vehículo. Luego miró las llaves. Luego volvió a mirar a Wendy como si no pudiera entender que algo tan hermoso fuera real.
¿Compraste esto para mí?
Sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Wendy, yo no merezco esto.
Claro que sí. Mereces volver a vivir.
Kunle tomó las llaves con manos temblorosas. No lloró de inmediato. Primero cerró los ojos, como si estuviera tratando de contener todo lo que sentía. Pero no pudo. Las lágrimas le rodaron por las mejillas.
Mi amada esposa, dijo con la voz rota, gracias por quedarte conmigo. Gracias por no abandonarme cuando yo ni siquiera podía reconocerme. Sé que sacrificaste mucho. Sé que sufriste. Sé que tal vez hubo días en los que no sabías si yo volvería. Pero aquí estás.
Wendy también lloraba.
Siempre estuve aquí, Kunle.
Él le tomó las manos.
Si no fuera por ti, tal vez habría muerto. O tal vez habría quedado perdido para siempre. Nunca olvidaré lo que hiciste. Te amaré hasta el final de mi vida.
El personal del hospital observaba desde lejos con sonrisas discretas. Incluso el doctor salió a despedirse y le recordó a Kunle las indicaciones: descansar, tomar los medicamentos, asistir a sus controles y evitar estrés intenso durante un tiempo.
Kunle escuchó con humildad. La experiencia lo había cambiado. Ya no hablaba como un hombre que daba la vida por segura. Hablaba como alguien que había visto el borde del abismo.
Wendy condujo primero, aunque el coche era para él. Kunle iba en el asiento del pasajero mirando la ciudad como si fuera nueva. Observaba los árboles, las tiendas, las personas caminando. Todo parecía sorprenderlo.
Estuve ausente mucho tiempo, dijo.
Wendy lo miró brevemente.
Sí. Pero volviste.
Cuando llegaron al apartamento, Kunle pensó que tal vez iban a visitar a alguien. No imaginaba que aquel edificio elegante tuviera algo que ver con ellos. Wendy estacionó y le pidió que bajara.
¿Dónde estamos?, preguntó.
En casa, respondió ella.
Kunle la miró sin comprender.
¿Casa?
Wendy sonrió.
Nuestro nuevo hogar.
Subieron juntos. Al abrir la puerta, Kunle entró despacio. La sala estaba ordenada, luminosa y acogedora. Había cortinas nuevas, muebles sencillos pero bonitos, una mesa preparada y un ambiente de paz que contrastaba con todo lo que habían vivido.
Kunle se quedó inmóvil.
Wendy… ¿cómo?
Ella cerró la puerta detrás de ellos.
Conseguí un nuevo trabajo. La empresa me dio este apartamento. También me dieron una bonificación para instalarme. Mientras tú sanabas, yo intenté construir algo para nosotros.
Kunle caminó por la sala como si estuviera dentro de un sueño. Tocó el respaldo del sofá, miró la cocina, entró a la habitación y vio la cama preparada. Todo hablaba de espera. Todo decía que Wendy nunca dejó de creer en su regreso.
Se sentó lentamente en la cama y se cubrió el rostro con las manos.
Dios te usó para bendecirme, dijo. Mi vida nunca volverá a ser la misma.
Wendy se sentó a su lado.
Nuestra vida, Kunle. No