manos.
—No juegue conmigo.
Por primera vez, Elena sonrió. No con humor. Con precisión quirúrgica.
—Eso debiste decirle a Martina antes de subestimarla.
Octavio entrecerró los ojos.
—Doctora, mida sus palabras.
—Llevo toda la vida midiendo cortes, señor Varela. Mis palabras son lo menos peligroso que puedo medir esta noche.
Inés se acercó a Elena cuando los dos hombres quedaron contenidos por seguridad.
—¿Qué necesita?
—Mi bolso está en mi coche. En el llavero hay una llave de mi departamento. Quiero que llames a tu sobrino, el policía.
Inés abrió los ojos.
—Está suspendido.
—Mejor. Entonces no le deberá obediencia a nadie.
El sobrino de Inés, Darío Robles, había sido comandante de investigación hasta que denunció corrupción en su propia unidad. Elena lo conocía porque años atrás le salvó la vida a su hijo después de un accidente. Diez minutos después, Darío llegó al hospital con una chamarra negra, barba de tres días y la mirada de alguien que había aprendido a desconfiar de todas las puertas.
Elena le explicó lo indispensable en menos de dos minutos.
Darío no pidió pruebas emocionales. Pidió datos.
—Departamento, libro, posible contraseña, archivo oculto, firmas y víctimas. ¿Dónde está el libro?
—En mi estudio. Repisa derecha. Caja de conservación color marfil.
—Vamos.
Antes de salir, Elena volvió con Martina.
Su hija estaba más consciente. Pálida, agotada, pero viva.
—Mamá —susurró—, no vuelvas a la casa sola.
—Voy con Darío.
Martina negó.
—No hablo de tu casa.
Elena se inclinó.
—¿De cuál casa?
Martina apenas pudo mover los labios.
—La de Valle de Bravo. Ahí empezó todo.
Rafael interrumpió.
—Doctora, la presión está bajando un poco.
Elena besó la frente de Martina.
—No te vayas de mí.
Martina cerró los ojos.
—Entonces no dejes que ellos se vayan.
Elena salió con una decisión que no había sentido desde su último quirófano. En el pasillo, Alejandro y Octavio discutían con seguridad. Cuando la vieron caminar hacia la salida, Octavio le hizo una señal leve a alguien junto a recepción.
Un camillero joven sacó el celular.
Darío lo interceptó antes de que terminara de escribir.
—No lo hagas.
El camillero palideció.
Elena ni siquiera se detuvo.
En el coche de Darío, la ciudad parecía otra: luces húmedas, semáforos vacíos, patrullas lejanas. Elena miraba sus manos sobre el regazo. No temblaban. Eso la asustó un poco. Cuando era joven, creía que la calma era fuerza. Con los años entendió que a veces era solo una capa de hielo sobre el incendio.
Llegaron a su edificio en silencio.
Elena subió al departamento con Darío detrás. Al abrir la puerta, supo de inmediato que alguien había entrado.
No por desorden. Todo estaba demasiado ordenado.
El libro de visitas del recibidor, que ella siempre dejaba alineado con el borde izquierdo de la consola, estaba centrado. Un detalle invisible para cualquiera. No para ella.
—No toque nada —dijo Darío.
Pero Elena ya avanzaba hacia el estudio.
La caja marfil seguía en la repisa derecha.
Vacía.
Durante un segundo, el mundo se quedó sin sonido.
Luego Elena vio algo en el suelo, debajo del escritorio: una astilla de papel japonés, del que Martina usaba para reparar lomos antiguos.
Se arrodilló con cuidado. La astilla tenía una línea de tinta azul.
Martina no habría dejado eso por accidente.
Elena abrió el cajón central del