videos. Muchas mujeres, doctora. No solo Martina.
Elena apretó el teléfono.
—¿Quién le hizo daño?
Camila tardó un segundo.
—Alejandro empezó. Octavio ordenó que pareciera otra cosa.
Elena cerró los ojos. Cuando los abrió, Alejandro la estaba mirando como quien intenta leer un diagnóstico en un rostro.
—¿Dónde está la prueba? —susurró Elena.
—Martina dijo una palabra antes de desmayarse: archivo. Luego me dio una llave pequeña. Yo creí que era de su casa, pero no. Tiene grabado un número: S-19.
Elena miró hacia la sala de trauma. La bolsa de pertenencias de Martina estaba sobre una mesa metálica.
—¿S-19 qué es?
—No lo sé. Pero en el edificio hay un archivo físico que no aparece en los planos. Subsuelo dos. Puerta gris. Octavio guarda allí lo que no quiere que exista.
La línea se llenó de ruido.
—Camila.
—Doctora, si algo me pasa, la contraseña está en el primer libro que Martina restauró para Alejandro. Ella se lo llevó a usted. No confíe en nadie de la firma. Y no le diga a Martina que fui yo quien…
La llamada se cortó.
Elena sostuvo el teléfono contra la oreja un segundo más.
Octavio habló con voz suave.
—¿Malas noticias?
Elena guardó el celular.
—Al contrario. Por fin empiezan a ser claras.
Alejandro perdió el color.
—Quiero ver a mi esposa.
—No.
—Elena, está cometiendo un error.
—He cometido muchos esta noche. El primero fue no llamar a Martina cuando su mensaje no tenía una coma.
Alejandro frunció el ceño, confundido apenas.
Ese detalle confirmó lo que Elena ya sabía: él había enviado el mensaje desde el celular de Martina.
En ese momento, desde la sala de trauma, Martina lanzó un grito ronco.
—¡Archivo!
Elena entró de inmediato. Martina estaba despierta a medias, intentando levantarse. Rafael la sujetaba con cuidado para que no se lastimara.
—Hija, estoy aquí.
Martina lloraba sin lágrimas, como si el cuerpo ya no tuviera fuerzas para producirlas.
—No dejes que lo quemen.
—¿Qué cosa?
—El libro.
Elena se quedó inmóvil.
El primer libro que Martina había restaurado para Alejandro.
Lo tenía ella.
Una edición antigua de poemas de Sor Juana que Alejandro le había regalado a Martina durante el noviazgo. Martina la había restaurado y luego, por alguna razón, se la había dado a Elena semanas atrás.
«Guárdalo tú, mamá. En mi casa todo se pierde.»
Elena había creído que era una frase triste sobre desorden doméstico.
Ahora entendía que era una advertencia.
—¿Qué hay en el libro? —preguntó Elena.
Martina miró hacia la puerta con pánico.
—La clave. Y nombres. Mamá, él no lo hizo solo. Su papá… su papá firma todo. Hay jueces. Médicos. Policías.
Rafael se tensó al escuchar «médicos».
—¿Quién del hospital? —preguntó Elena.
Martina respiró con dificultad.
—No sé. Pero cuando Camila me sacó, alguien llamó a Alejandro desde aquí.
Elena recordó que Alejandro había llegado sin haber sido avisado oficialmente.
Un contacto del hospital.
Miró a Rafael.
—Necesito una ambulancia privada.
—No podemos moverla todavía.
—No a ella. A mí.
Rafael entendió antes de que Elena terminara.
—Va a ir por el libro.
—Voy a traer la única cosa que puede mantener viva a mi hija.
Rafael negó con la cabeza.
—No vaya sola.
—No lo haré.
Elena salió al pasillo. Alejandro intentó interceptarla.
—¿Dónde va?
—A lavarme las