gesto mínimo le costó un gemido.
—No le digas… que sobreviví.
Elena sintió un hielo limpio subirle por la columna.
—¿A Alejandro?
Martina cerró los ojos con fuerza, como si el nombre le lastimara.
—A ninguno de los dos.
Luego volvió a caer en la inconsciencia.
Durante unos segundos, Elena oyó solo el pitido del monitor.
A ninguno de los dos.
La frase en la espalda: NO FUE LA PRIMERA.
El botón de Alejandro.
El mensaje mal escrito desde el celular de Martina.
Y ahora un segundo hombre, o una segunda presencia, alguien lo bastante peligroso para que Martina temiera incluso desde una cama de urgencias.
Elena se enderezó.
—Rafael, cierra esta sala.
—No puedo impedir el acceso al esposo si llega con identificación.
—Sí puedes si hay sospecha de agresión y la paciente no está en condiciones de consentir visitas. Además, este hospital tiene protocolo de protección para violencia familiar. Lo firmé yo cuando aún trabajaba aquí.
Rafael sostuvo su mirada. Luego asintió.
—Inés está de turno.
Inés Robles era enfermera jefe. Había trabajado con Elena veinte años. Una mujer baja, de espalda recta, voz dulce y carácter de acero. Cuando Rafael la llamó, apareció en menos de un minuto.
Vio a Martina, vio a Elena y no hizo preguntas inútiles.
—Nadie entra sin que usted me diga —dijo.
—Ni Alejandro.
Inés apretó la mandíbula.
—Menos Alejandro.
Elena notó la frase.
—¿Qué sabes?
Inés miró a Rafael, luego a la puerta.
—Hace tres meses vino una muchacha a urgencias. Veintitantos años. Lesiones parecidas, aunque no… no con letras. Estaba aterrada. Preguntó por usted, doctora, pero usted ya se había jubilado.
Elena sintió que se le secaba la boca.
—¿Nombre?
—No lo dio. Se fue antes de que pudiéramos hacer el reporte. Solo recuerdo que tenía una tarjeta de presentación de la firma Varela Mendoza en la bolsa.
Elena miró de nuevo la espalda de Martina.
NO FUE LA PRIMERA.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—¿Dónde encontraron a mi hija? —preguntó.
Rafael respondió con cuidado.
—En el estacionamiento subterráneo del edificio Varela Mendoza. Según el taxista, la mujer dijo que la había hallado cerca de la rampa de salida.
Elena cerró los ojos un segundo.
Alejandro había dicho que Martina estaba en una cena de beneficencia.
Martina no estaba en una cena.
Estaba en el edificio de su esposo, de noche, herida, con un mensaje en la espalda y un botón arrancado del traje de Alejandro.
Entonces el teléfono de Martina vibró dentro de la bolsa de pertenencias. Inés lo levantó sin tocar la pantalla directamente y se lo mostró a Elena.
Mensaje de Alejandro.
«Amor, tu mamá está preocupada. Dime dónde estás. Ya llamé a todos.»
Elena leyó la frase dos veces.
No había preocupación en esas palabras. Había coartada.
—No respondan —dijo.
El teléfono vibró de nuevo.
«Martina, esto no es gracioso.»
Una tercera vibración.
«Si estás con tu madre, dile que me llame.»
Rafael murmuró:
—Él ya sabe que usted está involucrada.
—No. Él quiere saber cuánto sé.
Inés salió al pasillo. Volvió casi de inmediato con el rostro tenso.
—Doctora… Alejandro Varela está en recepción de urgencias.
Elena no se movió.
—¿Solo?
—Con su padre.
La segunda parte de la frase cayó como una pieza en su lugar.
Octavio Varela.
Fundador de la firma. Viudo.