No detrás de un mafioso.
No detrás de un apellido.
No detrás del miedo.
Miró la fotografía de su madre una última vez y entendió que su vida no había empezado esa mañana en una cama desconocida.
Había empezado años antes, con una mentira enterrada bajo flores de funeral.
Carol volvió a hablar, más bajo, más urgente.
—No creas nada de lo que Dante te diga. Tu madre cometió errores. Yo solo intenté protegerte.
Lia sintió que algo dentro de ella se volvía frío y claro.
—¿Protegerme? —respondió, acercándose a la puerta—. ¿Así llamas a venderme?
Silencio.
Luego Carol dijo una frase que hizo que Dante se pusiera rígido.
—Dante no te compró para salvarte, Lia. Te compró porque tu madre le dejó algo… y solo tú puedes abrirlo.
Lia giró lentamente hacia él.
Dante no apartó la mirada.
Por primera vez desde que lo conoció, no parecía tener una respuesta preparada.
Y en ese instante, Lia comprendió la verdad más aterradora de todas.
No era una esposa.
No era un pago.
Era una llave.
Y todos en esa casa estaban dispuestos a matarse por descubrir qué puerta abría.