Despertó Casada Con El Mafioso Que Su Tía Le Ocultó

—Señora Romano. El señor Romano la espera abajo. Hay un vestido en el vestidor. Tiene diez minutos.

Lia sintió que la garganta se le cerraba.

—Yo no soy la señora de nadie.

La mujer ni siquiera parpadeó.

—Tiene nueve minutos.

Y salió.

La puerta se cerró con un clic suave. No sonó como una puerta. Sonó como una jaula.

Durante un momento, Lia se quedó plantada en medio de la habitación. Podía gritar. Podía golpear la puerta. Podía derrumbarse en el suelo y llorar hasta quedarse sin aire.

Pero ninguna de esas opciones le devolvería sus zapatos.

Ni su teléfono.

Ni la noche perdida.

Así que caminó hacia el vestidor.

Lo que encontró al abrir la puerta le provocó una risa amarga que murió antes de salir. No era un armario. Era una habitación entera llena de ropa perfectamente ordenada. Vestidos colgaban en filas según color, textura y ocasión, como si una vida elegante ya hubiera sido construida para ella sin preguntarle si quería vivirla.

En el centro había un vestido negro.

Sencillo.

Caro.

Sin mangas.

Debajo, unos tacones de su talla exacta.

Lia entendió la intención de inmediato.

Querían que bajara convertida en imagen. Querían borrar a la camarera de Queens con ropa arrugada y reemplazarla por una esposa obediente que encajara en la mansión.

La rabia le calentó el pecho.

No quería ponérselo.

Pero bajar temblando con la ropa del día anterior sería mostrarles cuánto habían logrado romperla.

Y Lia Evans había sido pobre, huérfana, usada y olvidada.

Pero no era fácil de romper.

Se cambió.

En el espejo, la mujer que la miró de vuelta parecía extraña. Tenía los mismos ojos marrones. El mismo cabello oscuro cayendo sobre los hombros. La misma boca que había aprendido a sonreír a clientes groseros por una propina de tres dólares.

Pero había algo nuevo en su rostro.

Un borde.

Una quietud peligrosa.

Las cosas acorraladas, pensó Lia, no siempre se quedaban quietas.

A veces aprendían dónde morder.

Salió de la habitación y encontró el pasillo vacío. No había guardias visibles, pero sentía ojos en todas partes. La mansión respiraba silencio. Madera oscura. Mármol. Cuadros antiguos. Puertas cerradas. Todo impecable, todo caro, todo demasiado controlado.

Siguió las voces hasta una escalera amplia que bajaba hacia un comedor lleno de gente.

Cuando apareció en la entrada, todas las conversaciones murieron.

No fue una pausa natural. Fue un corte limpio.

Como si alguien hubiera apagado el mundo.

Hombres con trajes caros. Mujeres con joyas discretas. Copas de champaña suspendidas a medio camino. Rostros que fingían curiosidad, pero escondían cálculo.

Y al fondo, él.

Dante Romano.

Lia lo reconoció antes de que alguien dijera su nombre. No porque lo hubiera visto en persona, sino porque ciertos hombres ocupaban el espacio como una amenaza conocida.

Treinta y tantos. Traje color carbón. Cabello oscuro. Ojos negros, firmes, imposibles de leer. Era guapo de una manera injusta, pero no cálida. Su belleza no invitaba. Advertía.

Alguien susurró su nombre cerca de ella.

—Dante Romano.

Todos en Nueva York sabían quién era.

Los periódicos lo llamaban empresario. Los políticos lo llamaban donante. Los hoteles, restaurantes y clubes más exclusivos parecían tener sus huellas escondidas en los cimientos.

Pero en voz baja, la gente decía otras cosas.

Que Romano Industries movía más que mercancía.

Que Dante no levantaba la

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