debo agradecerle?
Dante no respondió.
Antes de que pudiera hacerlo, una puerta lateral se abrió.
Carol Evans entró al comedor como si todavía pudiera interpretar el papel de tía preocupada. Llevaba un vestido color champaña, maquillaje perfecto y una sonrisa que se deshizo apenas vio la expresión de Lia.
—Cariño —dijo—. Sé que estás confundida.
Lia caminó hacia ella.
Cada paso fue un recuerdo.
Carol negándose a pagar la calefacción porque Lia ya era lo bastante mayor para trabajar.
Carol vendiendo algunas joyas de su madre y diciendo que eran cosas viejas.
Carol olvidando cumpleaños.
Carol recordando a Lia solo cuando necesitaba algo.
Cuando estuvo frente a ella, Lia levantó la mano y la abofeteó.
El golpe sonó como una copa rompiéndose.
Carol jadeó y se llevó una mano a la mejilla.
—¡Lia!
—No vuelvas a decir mi nombre.
—Lo hice para salvarte.
—Me drogaste.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente. Tenías una deuda y decidiste pagarla con mi vida.
Carol miró a los demás, buscando apoyo. Nadie se lo dio. No por compasión hacia Lia, sino porque en esa sala nadie ayudaba a quien ya había dejado de ser útil.
—Tu madre habría querido que sobrevivieras —dijo Carol.
La frase entró en Lia como un cuchillo.
Por un instante, casi perdió el control. No por ella. Por su madre. Por el recuerdo de una mujer que olía a jabón de lavanda, que cantaba mientras cocinaba, que le había prometido que nunca estaría sola.
Lia se inclinó hacia Carol.
—Mi madre habría preferido morir otra vez antes que verme vendida por ti.
Carol palideció.
Dante habló desde el fondo.
—Carol, sal.
—Dante, ella está alterada. Necesita tiempo para comprender…
—Sal.
No gritó.
No tuvo que hacerlo.
Dos hombres se acercaron. Carol retrocedió, indignada y asustada.
Antes de desaparecer por la puerta, miró a Lia con lágrimas calculadas.
—Algún día me lo agradecerás.
Lia sonrió.
No fue una sonrisa bonita.
—Algún día te arrodillarás.
Carol se fue.
Y por primera vez en años, Lia sintió que había recuperado una pequeña parte de sí misma.
Dante tomó una copa de champaña de una bandeja y se la ofreció.
Lia miró la copa.
—Prefiero morir de sed.
—Sabia elección.
Ella frunció el ceño.
—¿Eso fue sarcasmo?
—Fue supervivencia.
—No necesito clases de supervivencia de mi secuestrador.
—Marido.
—Secuestrador con documentos.
La sala entera pareció contener la respiración otra vez. Pero Dante, contra todo pronóstico, no se enfureció.
La estudió.
Como si acabara de encontrar algo inesperado entre los escombros de su plan.
—Tienes más carácter del que dijeron.
—¿Quiénes?
—Los que hablaron de ti.
Lia sintió una nueva alarma.
—¿Quién habló de mí?
Dante no respondió enseguida.
Uno de sus hombres se acercó entonces y le murmuró algo al oído. Fue apenas un susurro, pero el efecto fue visible en el aire. Dante no cambió de expresión, pero todos los que lo conocían parecieron tensarse.
—¿Estás seguro? —preguntó.
El hombre asintió.
Dante miró a Lia.
—Sube.
—No.
—No era una sugerencia.
—Qué sorpresa. Nada aquí parece serlo.
Él dio un paso hacia ella.
—Lia, por una vez en tu vida, obedece sin discutir.
—Usted no sabe nada de mi vida.
—Sé que está a punto de complicarse más.
Antes de que Lia pudiera contestar, el gran ventanal del comedor explotó.
El sonido la atravesó entera.