Cristal por todas partes. Gritos. Cuerpos agachándose. Una copa cayendo en cámara lenta. El olor repentino de pólvora mezclándose con rosas.
Algo silbó junto a su oreja.
Una bala.
Dante se movió tan rápido que Lia apenas lo vio. La empujó hacia abajo y cubrió su cuerpo con el suyo mientras los disparos convertían el comedor en caos.
—¡Sáquenla! —ordenó.
Lia intentó apartarse.
—¡No me toque!
—¡Ahora no!
—¡Especialmente ahora!
Otra bala golpeó la pared detrás de ellos, arrancando astillas de madera oscura.
Dante la tomó del brazo y la arrastró hacia una puerta casi invisible entre paneles. Lia tropezó con los tacones, pero no cayó. Su corazón golpeaba tan fuerte que apenas podía oír sus propios pensamientos.
Entraron en un pasillo estrecho y la puerta se cerró detrás de ellos.
El ruido quedó amortiguado.
Pero el miedo no.
—¿Quiénes son? —preguntó Lia, respirando con dificultad.
Dante no soltó su brazo.
—Hombres que llegaron tarde.
—¿Tarde a qué?
Él la miró en la penumbra.
—A reclamarte.
La sangre de Lia se volvió hielo.
—¿Reclamarme?
Dante abrió otra puerta y la metió en una biblioteca privada. Cerró con llave. Las paredes estaban cubiertas de libros viejos, retratos oscuros y una chimenea apagada.
—Tu tía no solo me debía dinero a mí.
Lia negó con la cabeza.
—No.
—Debía a la familia Vasile. A los Moretti. A prestamistas que venden personas con menos ceremonia de la que viste hoy.
Ella dio un paso atrás.
—Está mintiendo para que lo vea como mi salvador.
—No soy tu salvador.
La respuesta fue tan fría, tan honesta, que Lia se quedó en silencio.
Dante guardó la pistola que había sacado durante el ataque, aunque no se alejó de la puerta.
—Si quisiera que me adoraras, habría inventado una historia mejor.
—Entonces ¿qué quiere?
Por primera vez, él pareció cansado.
No débil.
Nunca débil.
Pero cansado de una forma antigua.
—Mantenerte viva.
Lia soltó una risa temblorosa.
—Me obligó a casarme con usted.
—Sí.
—Me encerró en su casa.
—Sí.
—Me quitó mi nombre.
—No. Te di uno que otros hombres temen tocar.
Ella lo miró con odio.
—Eso no es protección. Es posesión.
Dante aceptó el golpe sin moverse.
—A veces, en mi mundo, la diferencia se vuelve muy delgada.
—Entonces su mundo está podrido.
—Lo sé.
Esa respuesta también la desarmó.
La mayoría de los monstruos defendían su oscuridad.
Dante Romano parecía conocerla demasiado bien.
Afuera, los disparos continuaban, aunque más lejos. Lia se apoyó en el borde de un escritorio para no caer. Todo lo ocurrido desde que despertó empezaba a acumularse en su pecho: la droga, el anillo, Carol, el acta, el ataque, la palabra reclamarte.
—Déjeme llamar a la policía —dijo.
Dante la miró como si hubiera pronunciado una palabra infantil.
—La policía ya sabe.
—¿Sabe qué?
—Que esta casa existe. Que tú estás aquí. Que esta mañana se registró un matrimonio. Y que, si aparecen, habrá tres versiones oficiales antes de que crucen la puerta.
—Entonces todos están comprados.
—No todos.
—Solo los suficientes.
Dante no lo negó.
Lia cerró los ojos un segundo. Quería a Rosie, la dueña del diner, gritándole que limpiara la mesa cinco. Quería el olor a café quemado. Quería sus zapatillas gastadas. Quería la vida difícil que al menos era suya.
Cuando abrió los ojos,