Cantó por su madre y el juez reconoció algo imposible

pasar sin más preguntas.

—Esa muchacha escribía como respiraba —dijo Mateo, removiendo polvo de una caja de cartón—. Y ustedes dos sonaban peligrosamente bien juntos.

De entre carpetas viejas sacó una cinta miniDV, una hoja de sesión y una copia de respaldo con fecha. En la hoja aparecía el título original: La casa encendida. Autores: Celeste Navarro y Esteban Rivas. Abajo, una nota escrita a mano: Retener por orden de dirección.

Esteban sintió vergüenza y rabia al mismo tiempo.

Cuando volvió a ver a su madre, ya no llevó modales.

Isadora Rivas lo recibió en una sala impecable donde todo brillaba demasiado.

—No llegues con esa cara a mi casa —dijo, antes siquiera de saludar.

Esteban dejó sobre la mesa la copia de la sesión de estudio.

—¿Qué le hiciste a Celeste?

Isadora la miró sin tocarla.

—Te salvé.

—Me robaste once años.

—Te salvé de arruinar tu carrera por una aventura con una cantante sin respaldo.

—Estaba embarazada.

Isadora alzó apenas una ceja.

—Precisamente.

Él sintió que la furia se le subía como fiebre.

—Le mostraste cartas falsas. A mí también.

—Hice lo necesario. Tú no estabas hecho para una vida de carencias, ni para criar un hijo en un cuarto prestado.

—Y sin embargo ella lo hizo sola.

Isadora lo miró por primera vez con una sombra de incomodidad.

—No me hables como si yo fuera la villana. Las decisiones grandes siempre ensucian las manos.

—Las tuyas ensuciaron la vida de una niña.

Se fue antes de escuchar respuesta.

Aquella noche, al llegar a la azotea, encontró a Celeste sentada a oscuras y a Noa despierta, con las rodillas recogidas contra el pecho.

Sobre la cama había un sobre amarillo.

Dentro, una fotografía vieja mostraba a Celeste embarazada frente al edificio de Rivas Music. En el reverso, la amenaza: Si la niña canta en la final, todos sabrán por qué desapareciste… y quién decidió que creciera sin padre.

Noa alzó la vista.

—¿Él es mi papá?

Celeste la miró largamente. Ya no quedaba espacio para medias verdades.

—Sí.

Noa tragó saliva. No gritó. No lloró enseguida. Primero pensó en la voz de Esteban deteniéndose en el teatro, en la forma en que había mirado el medallón, en todas las veces que había imaginado un padre cualquiera y ninguna se parecía a eso.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

Celeste se humedeció los labios.

—Porque preferí que crecieras con una ausencia a que crecieras sintiéndote rechazada.

La niña bajó la mirada.

—Pero igual me faltó.

Esa frase le dolió a Celeste más que el tumor.

Esteban, desde la puerta, no intentó defenderse.

—No sé si merezco que me creas —dijo—, pero nunca supe que existías.

Noa lo miró con dureza infantil.

—Entonces deje de hablar como juez y empiece a actuar como papá.

Fue la primera vez que lo llamó así, aunque fuera como exigencia.

La semifinal llegó entre rumores. Renato quería que Noa cantara un tema alegre, comercial, con orquesta. Ella eligió otra cosa: una versión más breve de La casa encendida.

—No puedes seguir con esa canción —dijo Renato—. Estás alimentando el escándalo.

—No estoy alimentando nada —contestó ella—. Estoy cantando lo que es mío.

Subió al escenario con la amenaza todavía fresca en la memoria. Cantó mirando un punto fijo detrás de las luces. Su

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