Cantó por su madre y el juez reconoció algo imposible

con vestidos de lentejuelas, niños peinados con gel, padres cargando fundas de trajes, botellas de agua importada y carpetas con repertorios impresos. Algunos participantes vocalizaban frente al espejo. Otros recibían instrucciones apuradas de profesores particulares.

Noa llevaba un vestido liso color crema, remendado en la cintura, y el cabello recogido por ella misma. Caminó sin mirar a nadie. La asistente le puso un número en el pecho y le señaló una fila de sillas.

Sobre el escenario, detrás de la larga mesa de jueces, estaba Esteban Rivas.

Noa lo reconoció porque su foto salía en carteles, revistas viejas y anuncios de televisión. Productor, compositor, descubridor de talentos. También el hombre del que todos decían lo mismo: si no le gustabas, se notaba antes de que terminaras el primer verso.

Esteban parecía aburrido. Firmaba planillas, hacía observaciones cortas, bebía café que ya no debía estar caliente. A su lado, los otros dos jueces sonreían de vez en cuando. Él no. Era elegante sin esfuerzo, serio sin pose, y había algo en sus ojos que a Noa le recordó las ventanas de los edificios viejos: oscuras incluso de día.

Cuando llamaron a la niña anterior, una señora detrás de Noa comentó:

—Ya vi a la que sigue. La de las monedas. Seguro trae una historia triste.

Noa se giró.

—Traigo una canción.

La señora parpadeó, incómoda. Su hija bajó la mirada. Noa volvió a sentarse. Sus manos temblaban, así que las puso bajo los muslos hasta que dejó de notarlo.

La coordinadora pronunció su nombre.

—Noa Navarro.

Subió sola al escenario. El micrófono estaba un poco alto; ella misma lo bajó. La sala se le abrió enfrente como un pozo de luces. Vio siluetas, zapatos, libretas, una cámara. Trató de encontrar un punto fijo y terminó viendo a Esteban, que seguía escribiendo sin mirarla.

—¿Pista? —preguntó uno de los jueces.

—No necesito.

—¿Qué vas a cantar?

Noa dudó.

—Una canción de mi mamá.

Eso, al menos, hizo que Esteban levantara la vista por primera vez.

Noa respiró hondo y empezó.

La canción se llamaba La casa encendida. Celeste se la había enseñado en pedazos, durante noches de fiebre o apagones, como quien comparte una oración secreta. No tenía arreglos modernos ni notas imposibles. Era una melodía íntima, construida sobre imágenes sencillas: una ventana con lluvia, una lámpara que no se apaga, una voz que regresa aunque la casa esté vacía.

A mitad del primer verso, Esteban dejó el bolígrafo.

A mitad del segundo, se inclinó hacia adelante.

Y cuando Noa llegó a la frase final, un giro melódico que cerraba en una nota suspendida, el hombre se quedó inmóvil. Esa caída al final de la palabra noche no era casual. Él la había escrito una madrugada en una cocina pequeña, sobre servilletas manchadas de café, mientras una mujer se reía de su obsesión por corregir una sola sílaba.

Nadie había escuchado completa esa canción.

Nadie, excepto Celeste.

Noa terminó y el silencio se quedó vibrando en el techo. No fue un silencio frío. Fue el silencio que aparece cuando algo verdadero acaba de pasar y nadie sabe todavía qué forma darle.

Entonces Esteban se puso de pie.

—Esa canción —dijo, con una voz que no parecía suya—, ¿quién te la enseñó?

Noa tragó saliva.

—Mi mamá.

—¿Cómo se llama tu mamá?

—Celeste

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