El secreto detrás del accidente de Kunle

Kunle intentó resistirse a los policías con todas las fuerzas que le quedaban, pero no pudo contra ellos. Había demasiados brazos sujetándolo, demasiadas voces dándole órdenes, demasiados ojos mirándolo como si de pronto se hubiera convertido en una amenaza para todos.

Wendy permanecía a pocos pasos, temblando desde los pies hasta la garganta. Cada grito de Kunle le atravesaba el pecho como una cuchillada. Aquel no era el hombre tranquilo que ella había amado durante años. Aquel no era el esposo que le hablaba con dulzura antes de dormir. Aquel era un hombre atrapado dentro de su propio dolor, peleando contra enemigos que nadie más podía ver.

Los policías lograron inmovilizarlo después de varios intentos. Kunle se sacudía con violencia, giraba el cuerpo, intentaba morder, pateaba el aire y repetía palabras sin sentido. Su mirada era confusa, ardiente, perdida. Wendy quiso acercarse, pero su madre la detuvo por el brazo.

No te acerques ahora, hija, le dijo con voz baja. Te puede lastimar sin querer.

Esa frase terminó de romperla.

Porque Wendy sabía que Kunle jamás la habría lastimado. No conscientemente. No el Kunle que ella conocía. Pero el hombre que estaban cargando hacia la camioneta policial parecía estar luchando contra una tormenta que nadie podía detener.

Incluso cuando lo subieron al vehículo, siguió resistiéndose. Dos oficiales tuvieron que sujetarle los hombros mientras otro aseguraba sus piernas. Lo amarraron para que no se golpeara ni golpeara a nadie más durante el traslado. Wendy se cubrió la boca, tratando de no gritar. Sentía vergüenza por él, miedo por él, compasión por él y una culpa que no sabía explicar.

La camioneta arrancó hacia el hospital psiquiátrico, y Wendy la siguió con su madre en otro vehículo. Durante el trayecto, ninguna de las dos habló. Solo se escuchaba el motor y la respiración agitada de Wendy. Miraba por la ventana como si la ciudad se hubiera vuelto irreconocible.

Hace apenas unas semanas, su mayor preocupación era que Kunle despertara del coma. Había rezado, llorado, suplicado y esperado junto a su cama. Pensó que el día en que él abriera los ojos sería el día más feliz de su vida. Pero cuando finalmente despertó, no regresó completamente. Algo en él se había quedado atrapado en el accidente.

Cuando llegaron al hospital psiquiátrico, el personal médico salió de inmediato. Ya habían sido avisados. Trajeron una camilla y ayudaron a bajar a Kunle. Él seguía murmurando, mirando a todas partes con terror, como si las paredes fueran a caer sobre él.

Wendy quiso tomarle la mano, pero una enfermera se interpuso con suavidad.

Déjenos ayudarlo primero, señora.

La palabra señora sonó extraña en ese momento. Wendy no se sentía como una esposa fuerte. Se sentía como una niña abandonada frente a una puerta cerrada.

Kunle fue llevado a una sala especial. Las enfermeras se movieron rápido, con una calma que Wendy no tenía. Revisaron sus signos vitales, le hablaron con firmeza, trataron de tranquilizarlo y, cuando fue necesario, le administraron un medicamento para dormirlo. Poco a poco, los gritos de Kunle disminuyeron hasta convertirse en murmullos débiles.

Wendy se giró hacia los policías que lo habían ayudado.

Gracias, oficiales. De verdad, gracias. Al fin mi esposo está en un lugar donde pueden tratarlo. No sé qué habría hecho sin ustedes.

Uno de los agentes asintió

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *