el reloj de oro.
Ese gesto.
Mateo lo había visto antes de cada regaño, cada firma, cada orden disfrazada de consejo.
Inés recogió rápido los documentos.
—No debía saber que venías.
—Yo no sabía que venía.
—Entonces alguien te siguió.
Los golpes en la puerta principal llegaron antes de que Mateo respondiera.
Tres golpes secos.
No eran golpes de visita. Eran golpes de dueño.
—Mateo —llamó Ernesto desde la entrada—. Sé que estás ahí. Abre.
La voz era tranquila. Eso la hacía peor.
Mateo miró a Inés.
—Deme todo.
—No. Si te lo doy y él te convence, lo perderemos.
—No me conoce.
—Conozco a los hombres que han vivido de una mentira. Cuando la verdad aparece, primero quieren matarla y después entenderla.
Mateo iba a replicar, pero la puerta principal crujió.
Ernesto tenía llave.
Por supuesto que la tenía.
El anciano apareció en el pasillo con dos hombres detrás. No parecía sorprendido de encontrar lámparas encendidas ni rastros de vida. Sus ojos fueron primero a Inés, luego a la caja de lata, luego a Mateo.
Una sombra mínima cruzó su rostro.
—Sobrino —dijo—, qué escena tan desagradable.
Mateo no se movió.
—¿Tú sabías que había gente viviendo aquí?
Ernesto cerró el paraguas con calma.
—Sabía que esta mujer se metía a veces a revolver basura sentimental. Por eso vine.
—No me avisaste.
—Porque no pensé que quisieras ensuciarte los zapatos con el pasado.
Inés dio un paso atrás, pero no bajó la mirada.
—El pasado ya estaba sucio, don Ernesto. Usted solo lo barrió debajo de la alfombra.
Los hombres de la entrada se tensaron. Ernesto levantó apenas una mano para frenarlos.
—Inés, siempre tan dramática. A tu edad deberías rezar más y hablar menos.
Mateo sintió que algo antiguo se removía dentro de él. Durante años había admirado esa forma de humillar sin levantar la voz. Él mismo la había aprendido. La había usado en juntas, en negociaciones, con empleados que salían de su oficina pálidos.
Ahora le dio asco.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó.
Ernesto no parpadeó.
—Muerta, como te dije.
Mateo levantó la fotografía.
—Mira bien antes de repetirlo.
El silencio que siguió duró apenas dos segundos, pero bastó. Ernesto miró la foto y su rostro perdió una capa de control. No fue miedo completo. Fue cálculo.
Mateo lo vio.
Y entendió que Inés no mentía.
—Esa mujer no es Lucía —dijo Ernesto.
—No dije que lo fuera.
Por primera vez, el anciano vaciló.
Mateo sintió el cambio de poder como una puerta abriéndose.
—¿Por qué pensaste que hablábamos de Lucía? —preguntó.
Ernesto apretó la mandíbula.
—Porque esta vieja lleva años con esa obsesión.
—No la llames así.
El tono de Mateo hizo que los hombres de la entrada cruzaran una mirada.
Ernesto sonrió con cansancio.
—Estás alterado. Es comprensible. Esta casa te afecta. Te sugiero que salgamos, tomemos un café y dejemos que mis abogados…
—No.
Una palabra pequeña. Definitiva.
Ernesto inclinó la cabeza.
—¿No?
—No voy a salir contigo. No voy a tomar café. No vas a llamar a mis abogados porque también son tuyos. Y no vas a tocar a esta mujer.
Inés lo miró de reojo, sorprendida.
Mateo mantuvo la vista en su tío.
—Quiero la verdad.
Ernesto dejó escapar un suspiro.
—La verdad es que tu madre estaba enferma. La verdad