Uno de los hombres abrió la boca, pero no dijo nada.
Julián entró sin esperar respuesta.
El vestíbulo olía a madera encerada y flores frescas.
Al fondo colgaba el retrato enorme de Lucía, pintado un año antes de su supuesta muerte.
Vestido marfil, labios suaves, ojos inteligentes.
Durante dieciocho meses, Julián había evitado mirarlo de frente.
Aquella mañana lo hizo.
Y entonces vio el detalle.
En el retrato, Lucía no llevaba el pañuelo azul al cuello, como él recordaba.
Lo tenía atado a la muñeca izquierda, igual que una pulsera.
La luna bordada apuntaba hacia afuera.
Una señal.
—Ella insistió en que la pintaran así —dijo una voz detrás.
Renata estaba al pie de la escalera.
Impecable, como siempre.
Traje gris claro, cabello recogido, perlas pequeñas en las orejas.
No parecía una mujer arrancada de la cama por una emergencia.
Parecía una mujer que llevaba horas preparada.
—Julián —dijo con ternura—, estás empapado.
Él no respondió.
Renata miró a Mara y su expresión cambió apenas, lo justo para que Julián lo notara.
—¿Quién es ella?
—Alguien que encontró lo que nosotros no quisimos buscar.
La sonrisa de Renata se volvió más fina.
—Estás alterado.
Camilo me llamó.
Me dijo que alguien forzó el ala de Lucía.
—¿Dónde está Camilo?
—Revisando cámaras.
—Me dijo que había una carta.
Renata bajó un escalón.
—Y por eso vine.
Para evitar que leas cosas fuera de contexto.
Lucía no estaba bien en sus últimos meses.
Lo sabes.
Mara levantó la cabeza.
—Ella no estaba loca.
Renata clavó en ella una mirada fría.
—No recuerdo haberte pedido opinión.
La tensión subió como una cuerda estirada.
Julián pasó junto a su hermana sin tocarla y subió las escaleras hacia el ala privada.
Mara lo siguió.
Renata tardó dos segundos en ir detrás.
El pasillo de Lucía olía todavía a gardenias.
Las cortinas estaban cerradas, los cuadros cubiertos con telas finas.
La puerta de su habitación estaba abierta, y el marco mostraba una marca reciente de metal.
Julián empujó la puerta.
Todo parecía intacto y destruido al mismo tiempo.
El tocador seguía con los frascos de perfume alineados.
Los libros descansaban junto al sillón.
Un vestido azul colgaba detrás del biombo.
Pero la caja fuerte, oculta tras un panel del armario, estaba abierta.
En el suelo había sobres, fotografías, memorias USB y papeles esparcidos.
Sobre la cama estaba la carta.
Julián la tomó con ambas manos.
La letra de Lucía le atravesó el pecho.
Julián, si estás leyendo esto, significa que no pude confiar ni siquiera en mi propia casa.
Renata apareció en la puerta.
—Dámela.
Julián levantó la vista.
—No.
Leyó.
Lucía contaba que, tres meses antes del incendio, había descubierto movimientos extraños en la fundación familiar: donativos duplicados, facturas por obras que nunca se hicieron, becas a estudiantes inexistentes, cuentas abiertas con firmas falsificadas.
Al principio creyó que era un error administrativo.
Luego encontró su propio nombre autorizando transferencias que jamás había visto.
Había intentado hablar con Julián, pero cada vez que lo buscaba alguien interrumpía.
Una cena.
Una llamada.
Una emergencia en el hotel.
Después empezaron las amenazas.
Una nota dentro de su auto: Deja de revisar.
Una fotografía de ella saliendo del médico.
Una grabación enviada desde un número desconocido donde se escuchaba la voz de Julián diciendo: «No la pierdan de vista.