Pidió el divorcio antes del amanecer, sin saber qué ocultaba Daniela

solicitas la custodia de emergencia.

—Solo serán unos días.

—Serán los necesarios para que todos decidan que no es confiable.

Daniela detuvo la grabación.

Tomás avanzó hacia ella.

—Dame el teléfono.

Uno de los agentes se interpuso.

—Retroceda.

—Es una conversación privada.

—Es una conversación sobre la falsificación de documentos y la posible privación ilegal de libertad de su esposa —respondió Inés.

Alma despertó y comenzó a llorar.

Daniela se puso de pie, apartándose del ruido. Tomás quiso acercarse a la bebé.

—Déjame cargarla.

—No.

—Soy su padre.

—Y hace unos minutos intentabas utilizarla para obligarme a firmar.

—Todo esto era para protegerla.

Daniela lo miró con incredulidad.

—¿Protegerla de qué? ¿De una madre que descubrió que su padre robaba dinero usando su nombre?

—No sabes la presión que tenía encima.

—Sí la sé. La convertiste en una trampa para mí.

Tomás bajó la voz.

—El proyecto de la torre perdió más de lo previsto. Yo pensaba devolver el dinero después de la venta.

Arturo golpeó el suelo con el bastón.

—¿Usaste fondos de Jardines del Valle para cubrir tu desarrollo privado?

—Era temporal.

—Ese dinero debía construir casas.

Tomás giró hacia su padre.

—Tú ibas a sacarme de la dirección. Mamá me lo contó.

Arturo miró a Teresa.

—Solo le dije que la auditoría interna debía ser independiente.

—Querías poner a Daniela al frente —replicó Teresa—. Una mujer ajena a la familia, revisando nuestras cuentas y decidiendo sobre nuestro hijo.

Daniela entendió entonces por qué el plan se había acelerado.

Meses antes, Arturo le había pedido opinión sobre unas cifras durante una cena. Ella detectó en pocos minutos una inconsistencia que nadie más había mencionado. Él comenzó a consultarla ocasionalmente.

Teresa no había visto capacidad.

Había visto una amenaza.

—¿Por eso crearon una empresa a mi nombre? —preguntó Daniela.

—Tomás cometió errores —dijo Teresa—. Yo intenté evitar que una mala decisión destruyera lo que construimos durante décadas.

—Decidiste destruirme a mí.

—Tú podías empezar de nuevo. Mi hijo no.

—¿Y Alma?

—Alma pertenece a esta familia.

Daniela se quedó inmóvil.

Después miró a su hija, que había vuelto a calmarse contra su pecho.

—Alma no pertenece a un apellido. Es una persona.

Inés recibió un mensaje del perito.

—Encontramos una transferencia programada para las siete. Vaciaría Senda Norte y enviaría los fondos a una segunda sociedad.

Tomás miró a Renata.

—Cancélala.

—Yo no tengo acceso —respondió ella.

—Tú preparaste las cuentas.

—Preparé los documentos legales. Las claves las manejaba Teresa.

La habitación quedó en silencio.

El perito colocó una tableta sobre la mesa. La sociedad receptora estaba vinculada a un fideicomiso administrado por Teresa Ferrer.

Tomás miró a su madre.

—Dime que eso es falso.

Teresa ni siquiera examinó la pantalla.

—Baja la voz. Todavía podemos arreglarlo.

—¿Arreglar qué? —preguntó Arturo—. ¿El robo o la forma de culpar a Daniela?

Teresa se volvió hacia su marido.

—Si ella hubiera firmado, la empresa habría sobrevivido. Se habría marchado con dinero suficiente y tú nunca habrías tenido que enterarte.

—Querías que una mujer inocente enfrentara cargos.

—Quería proteger a nuestro hijo.

—Protegiste su cobardía.

Tomás se dejó caer en una silla.

Daniela abrió el último archivo del monitor.

—Todavía falta una parte.

La grabación había sido registrada dos noches después de la primera. En ella, Teresa hablaba con Renata.

—La clínica

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