el miedo de los adultos llegara hasta ella.
A las 5:22, Arturo Ferrer apareció en lo alto de la escalera. Tenía sesenta y nueve años, caminaba con bastón desde una operación de cadera y seguía presidiendo la empresa como si retirarse fuera una forma de morir.
—¿Por qué hay agentes en mi casa?
Tomás subió dos escalones hacia él.
—Daniela robó información confidencial y presentó una denuncia absurda.
—Hay dieciocho millones cuatrocientos mil pesos desviados a una sociedad creada con mi identidad —dijo Daniela—. Tomás planeaba hacerme firmar una confesión y denunciarme después del desayuno.
Arturo miró la carpeta.
—El expediente 17-B estaba bajo llave.
—Precisamente porque demostraba lo que pensaban hacer.
—¿Quién más tiene copias?
—Mi abogada y la Fiscalía.
Arturo cerró la mandíbula. Su primera reacción no fue preguntar si Daniela estaba bien. Fue calcular cuántas personas conocían el secreto.
Ella lo notó.
A las 5:26 llegó Renata Montalvo.
La abogada entró apresurada, con un portafolios de cuero en una mano y el teléfono en la otra. Se detuvo al ver a los agentes.
—Nadie de esta familia debe declarar sin representación —dijo.
El perfume de jazmín llegó hasta Daniela.
Era el mismo aroma que había quedado en la camisa de Tomás.
Durante meses, Daniela había sospechado que existía otra mujer. En otro momento, aquella confirmación la habría destruido.
Ahora comprendió que la infidelidad era apenas la capa más superficial de la traición.
Inés mostró la orden de registro.
—Necesitamos revisar el portafolios.
—Contiene información protegida.
—También contiene documentos relacionados con una investigación por fraude, falsificación de identidad y desvío de recursos públicos.
Renata buscó apoyo en Tomás. Él evitó mirarla.
Dentro del portafolios estaban el convenio de divorcio, la solicitud de custodia temporal y una evaluación psiquiátrica sin validez.
El perito encontró además un poder mediante el cual Daniela reconocía haber administrado Senda Norte desde su creación.
La última página era una declaración preparada para presentarse a las ocho de la mañana.
Según aquel texto, Daniela admitía haber transferido el dinero y abandonado voluntariamente el domicilio con su hija.
—Querían fotografiarme saliendo con la maleta —dijo ella—. Después dirían que huí.
Tomás señaló a Renata.
—Eso no estaba en el convenio que yo aprobé.
—No empieces a fingir —respondió la abogada—. Tú elegiste la hora.
—Tú redactaste todo.
—Con las instrucciones que recibí de esta familia.
Teresa dio un paso hacia ella.
—Mide tus palabras.
Renata apretó los labios.
Daniela sacó su teléfono.
—Hay algo que ninguno de ustedes redactó.
El monitor instalado en la habitación de Alma se activaba cuando detectaba movimiento o voces. Tres semanas antes, Tomás y Teresa habían entrado al cuarto mientras Daniela se duchaba. Creyeron que el dispositivo estaba apagado.
Daniela reprodujo el archivo.
La voz de Tomás llenó el comedor.
—A las siete firma. A las ocho presentamos la denuncia. Para el mediodía todos creerán que ella se llevó el dinero.
Luego habló Teresa.
—Y la niña se queda. Una Ferrer no crecerá en un departamento alquilado mientras su madre juega a ser víctima.
Arturo se apoyó con ambas manos en el bastón.
—Teresa, dime que esa grabación está manipulada.
Ella no respondió.
El audio continuó.
—¿Y si Daniela se niega? —preguntaba Tomás.
—Usamos el segundo informe. La internamos antes de que amanezca. Renata declara que presenció una crisis y tú