Pidió el divorcio antes del amanecer, sin saber qué ocultaba Daniela

preocupará lo que hay en esta carpeta.

Daniela la sostuvo contra su costado.

Tomás reconoció el color y el código. Su rostro se tensó.

—¿Entraste en mi archivo?

—Encontré pruebas de que alguien falsificó mi firma.

—Dame eso.

—No.

Él avanzó, pero una voz interrumpió desde el comedor.

—¿Por qué están gritando?

Teresa Ferrer apareció con una bata de seda color marfil y el cabello perfectamente recogido. Ni siquiera a esa hora permitía que alguien la viera desarreglada.

Observó la maleta.

—No vas a marcharte hoy —dijo—. Hay demasiada gente importante por llegar.

—Tomás me pidió el divorcio.

Teresa dirigió una mirada breve a su hijo, no de sorpresa, sino de reproche por haber perdido el control de la conversación.

—Entonces resuélvanlo con discreción —respondió—. Alma puede quedarse conmigo mientras tú buscas dónde instalarte.

—Mi hija no se queda aquí.

—Una bebé necesita estabilidad.

—También necesita una familia que no falsifique diagnósticos sobre su madre.

Daniela entró al comedor y colocó la carpeta azul sobre la mesa.

Tomás intentó arrebatársela. Ella retrocedió.

—Robar documentos de la empresa es un delito —dijo él.

—Falsificar mi identidad también.

Teresa mantuvo la expresión serena, pero sus dedos se cerraron alrededor del respaldo de una silla.

—Estás cansada —dijo—. Entrega la carpeta y hablaremos cuando estés en condiciones de pensar.

—Llevo once días pensando.

El timbre de la entrada sonó dos veces.

Celia, la encargada de la casa, apareció desde el corredor.

—Señora Daniela, hay tres personas de la Fiscalía Anticorrupción. Dicen que tienen una orden.

Tomás se interpuso en el camino.

—Nadie abre esa puerta hasta que llegue Renata.

Daniela sostuvo a Alma con una mano y apartó el brazo de su marido con la otra.

—La casa será de tu padre. La denuncia es mía.

Abrió.

La investigadora Inés Ceballos mostró su identificación. Detrás de ella había dos agentes y un perito informático.

—Señora Ríos, venimos a ejecutar la orden de resguardo y registro. ¿Usted y la menor se encuentran seguras?

—Sí.

Tomás apareció detrás.

—Mi esposa está atravesando una crisis posparto. No comprende la gravedad de sus acusaciones.

Inés lo miró con frialdad.

—La señora Ríos presentó su denuncia hace once días, acompañada por una abogada. Fue entrevistada en cuatro ocasiones y evaluada por una especialista independiente.

Teresa se acercó.

—Una mujer alterada también puede aprenderse una historia.

—El supuesto informe sobre su estado mental fue uno de los primeros documentos que verificamos —respondió Inés—. El médico cuyo nombre aparece allí asegura que nunca examinó a la señora Ríos. Su firma fue copiada de otro expediente.

Tomás miró hacia las escaleras, como si calculara cuánto tardaría en llegar al despacho antes que los agentes.

Uno de ellos ya estaba bloqueando el acceso.

Inés recibió la carpeta azul de manos de Daniela.

—Estas son copias certificadas —explicó ella—. Los originales fueron entregados a mi abogada.

—Daniela trabajó en finanzas —dijo Tomás—. Pudo fabricar esos archivos.

La investigadora abrió el expediente.

—Senda Norte Servicios fue registrada a nombre de su esposa mientras ella permanecía hospitalizada. Las autorizaciones digitales se cargaron desde una computadora vinculada a usted.

—Esa computadora la usa mucha gente.

—Los accesos coinciden con su reconocimiento facial y con mensajes enviados desde su teléfono.

Alma comenzó a moverse. Daniela se sentó cerca de la ventana y la acunó. No quería que

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