la residencia me pidieron firmar el libro de visitantes. Destapé la pluma con cuidado. La punta tocó el papel. Mi mano tembló un poco, como siempre.
Escribí mi nombre completo:
Rosa Beltrán.
No el apellido que mi hijo prefería mostrar.
No la versión pequeña que otros habían intentado imponerme.
Mi nombre.
Al salir, el sol caía sobre las ventanas de la casa. Por primera vez, no la vi como el lugar donde perdí a mi hijo.
La vi como el lugar donde me recuperé a mí misma.