Lo primero que escuchó Lucía fue el golpe seco de su pulsera contra el mármol.
Después vino el silencio.
Un silencio ancho, elegante, absurdo, como todo en aquella casa de Las Lomas: los ventanales de tres metros, las cortinas de lino, la alfombra persa que nadie podía pisar con zapatos, el reloj antiguo del pasillo que marcaba la madrugada con una calma casi ofensiva.
Lucía estaba en el piso de la recámara principal, con la mejilla ardiendo y un hilo de sangre bajándole por la comisura del labio.
Al principio no entendió si el sabor metálico venía de la boca o del miedo.
Luego levantó la mirada.
Santiago Aranda estaba de pie frente a ella.
No parecía un hombre que acabara de golpear a su esposa.
Parecía un ejecutivo cansado después de una junta incómoda.
Tenía la camisa blanca arremangada hasta los codos, el cabello perfectamente peinado y el reloj de oro ajustado en la muñeca.
Respiraba despacio.
Sin culpa.
Sin temblor.
La lluvia golpeaba los ventanales detrás de él.
Cada relámpago le iluminaba media cara y dejaba la otra perdida en la sombra.
“Me dejaste en ridículo”, dijo.
Lucía se apoyó en un codo.
El cuarto giró un poco.
Se llevó los dedos a la mejilla y sintió la piel caliente, hinchándose bajo el tacto.
“¿Por no firmar?” preguntó.
Santiago apretó la mandíbula.
“Por desafiar a mi madre delante de todos.”
Lucía casi se rió, pero el dolor del labio se lo impidió.
Desafiar.
Así llamaba él a negarse a entregar lo único que su padre le había dejado.
Horas antes, en la casa de Regina Aranda, la mesa había estado vestida como para una fotografía de revista.
Copas altas, cubiertos pesados, flores blancas sin una hoja fuera de lugar.
Regina se sentaba en la cabecera aunque aquella no fuera su casa.
Nadie se lo discutía.
En la familia Aranda, todo lo que tenía techo parecía pertenecerle de alguna forma.
El notario de la familia había llegado antes del postre.
Un hombre delgado, de voz suave, con una carpeta de piel color vino bajo el brazo.
Santiago lo presentó como si fuera una cortesía.
“Solo son papeles de orden administrativo”, dijo, tocándole a Lucía la espalda.
Lucía había sentido ese toque como una advertencia.
Regina sonrió desde la cabecera.
Llevaba perlas, un traje gris claro y el mismo perfume que usaba para entrar a las habitaciones sin tocar la puerta.
“Querida, no exageres”, dijo.
“Tu clínica necesita estructura.
Tú eres excelente con los pacientes, nadie lo niega, pero la administración seria requiere otra cabeza.”
Otra cabeza.
La de Santiago.
La carpeta contenía un poder amplio.
Demasiado amplio.
Autorizaba a Santiago a firmar contratos, mover cuentas, vender activos, despedir personal y representar legalmente a la clínica San Gabriel, el pequeño hospital privado que el padre de Lucía había levantado durante treinta años.
El padre de Lucía, Ernesto Rivas, no había nacido entre mármoles.
Había empezado como camillero en un hospital público, luego estudió enfermería, después administración hospitalaria.
Vendió empanadas los domingos con la madre de Lucía para pagar el primer local.
Dormía en una silla reclinable cuando no alcanzaba para contratar personal nocturno.
Cuando murió, la clínica tenía cuarenta empleados, un área de urgencias digna y un letrero azul con su nombre en la entrada.
Lucía no iba a entregar