sí, mamá, pero ya sabes a qué me refiero.
Sí sabía.
Se refería a que mi esfuerzo le servía como historia de origen, pero mi presencia le estorbaba en el presente.
Camila era más sutil. Me decía que no me quitara el abrigo porque quizá me daría frío en el salón. Me ofrecía café en tazas distintas a las de los invitados. Corregía mi manera de pronunciar nombres de restaurantes. Cuando yo llevaba flores, las mandaba a la cocina. Cuando llevaba postre, decía que ya habían pedido algo artesanal.
Yo fingía no notar nada.
A veces una madre llama paciencia a lo que en realidad es miedo de perder al único hijo que le queda.
La noche que todo se rompió, el aire estaba helado. Era jueves y Mateo celebraba el tercer aniversario de su despacho. No era una fiesta grande, pero sí calculada: socios, clientes, dos jueces retirados, una pareja de inversionistas y Camila moviéndose entre todos como si hubiera ensayado sus sonrisas frente al espejo.
Yo llegué con una caja envuelta en papel azul oscuro. Adentro llevaba una pluma fuente antigua, de cuerpo negro y clip dorado. Había pertenecido a mi padre, un hombre que apenas terminó la primaria, pero que firmaba cada recibo de su tienda con una dignidad que parecía ceremonia. Mandé restaurar la pluma porque Mateo acababa de ganar un caso importante. Pensé que quizá, al verla, recordaría que venía de una familia donde la palabra valía más que el traje.
El guardia tardó en abrirme.
—¿Viene al servicio? —preguntó por el interfono.
Me miré en el reflejo oscuro del vidrio: abrigo gris, zapatos cómodos, el cabello recogido sin adornos.
—Soy la madre del señor Robles —respondí.
Mateo usaba el apellido de su padre para el despacho. Beltrán, mi apellido, le parecía demasiado común.
Cuando entré, la casa olía a vino caro y madera encerada. Había música baja. Todos hablaban en grupos pequeños. Camila me vio desde el comedor y tardó un segundo de más en sonreír.
—Rosa, qué sorpresa. Mateo no me dijo que venía.
Mentira. Yo le había avisado tres días antes.
—No quería perderme la celebración —dije.
Me besó el aire junto a la mejilla y miró la caja.
—Qué lindo. Déjela por allá, para que no se pierda.
No la dejé. La sostuve entre mis manos durante casi una hora, mientras escuchaba a mi hijo hablar de expansión, clientes internacionales y la importancia de construir patrimonio. Esa palabra salió de su boca con tanta facilidad que sentí un peso extraño en el estómago.
Patrimonio.
La casa en la que hablaba no era su patrimonio.
Era mi sacrificio con techo alto.
Al brindar, Mateo levantó la copa.
—A los que se atreven a construir desde cero —dijo.
Algunos aplaudieron.
Yo también.
No por ironía. Por costumbre.
Después de la cena, cuando los invitados empezaron a dispersarse hacia la terraza, me acerqué a él. Camila estaba a su lado, revisando mensajes en su teléfono.
—Hijo, quería darte esto.
Le ofrecí la caja.
Mateo la abrió sin entusiasmo. Sacó la pluma, la giró entre los dedos y soltó una risa breve.
—Mamá, ¿qué es esto?
—Fue de tu abuelo. La mandé arreglar. Pensé que podrías usarla para firmar algo importante.
Camila miró la pluma como si pudiera mancharla.
—Ay, qué nostálgico —dijo.
Mateo dejó