en una guerra delante de la niña.
Entonces Paula cruzó el patio con la carpeta azul.
No caminó rápido. Caminó despacio, para que todos la vieran. Se detuvo frente a mí y alzó el mentón con una amabilidad tan pulida que resultaba insultante.
—Diego pensó que era mejor darte esto de una vez, ya que estamos todos reunidos —dijo.
Las conversaciones bajaron de volumen hasta desaparecer. Reconocí el instante exacto en que una reunión familiar deja de ser reunión y se convierte en escenario. Mi suegra inmovilizó las manos sobre la charola. Un tío dejó el tenedor a medio camino. Un primo se hizo el distraído mirando su teléfono sin dejar de escuchar.
Miré la carpeta y luego a Diego. Seguía junto al asador, pero su cara ya lo había traicionado. La culpa, cuando por fin asoma, siempre llega antes que el valor.
—Qué considerado —respondí.
Paula inclinó apenas la cabeza.
—No tiene sentido alargar lo inevitable.
Tomé la carpeta. Pesaba poco, pero en mis manos se sintió como una piedra. No la abrí.
—Puedes leerla ahora si quieres —añadió ella.
Y en ese momento mi hija se rió.
No fue una risa nerviosa. Fue una risa seca, cortante, completamente fuera de lugar. Una risa que partió la tarde por la mitad.
Nina estaba bajo el arco que unía el comedor con el patio. Traía una camiseta azul desteñida, el cabello recogido de cualquier manera y el cargador largo del teléfono enredado en la muñeca. En una mano sostenía el celular. Tenía la postura recta, los pies bien plantados y una expresión tan dura que por un segundo no vi a mi hija de trece años, sino a una mujer pequeña obligada a crecer de golpe.
—Mamá —dijo—, ¿quieres que les enseñe lo que ellos estaban haciendo en el despacho del abuelo?
El silencio que siguió fue brutal. Pude oír cómo el hielo chocaba dentro de un vaso. Pude oír incluso el zumbido lejano del refrigerador del comedor.
Paula dejó de sonreír primero.
Diego giró hacia Nina como si le hubieran vaciado agua helada en la espalda.
—Nina —advirtió.
—No —dijo ella, sin moverse—. Ya que hoy querían hacer un show, mejor lo hacemos completo.
Arturo apareció desde el pasillo interior, atraído por el silencio extraño del patio. Se quitó los lentes, frunció el ceño y preguntó qué estaba pasando. Paula intentó adelantarse con una mentira torpe sobre un malentendido, pero Nina levantó el teléfono.
Diego dio un paso hacia ella.
—Ni se te ocurra —dijo Arturo, y su hijo se quedó clavado en el lugar.
Nina tocó la pantalla.
El video comenzó con una imagen temblorosa de una puerta entornada. Reconocí al instante el despacho de Arturo: el librero oscuro, la lámpara verde, el cuadro del velero sobre el escritorio y la puerta falsa del panel de madera detrás de la cual estaba empotrada la caja fuerte. Estaba abierta.
Delante de ella estaban Diego y Paula.
No estaban abrazándose. No estaban besándose. Habría sido más fácil soportar una traición vulgar que lo que vi después.
Paula sostenía varios documentos. Diego tenía en la mano el sello notarial de su padre. Sobre el escritorio había una carpeta gris con una pestaña amarilla. Alcancé a leer una palabra escrita con plumón: fideicomiso.
La voz de Paula salió limpia, fría, sin el