padre con el poder falso en la mano. Algo en él se quebró, pero no fue el arrepentimiento. Fue el control.
—No entiendes nada —soltó, dirigiéndose a mí—. El negocio de mi padre ya no da como antes. Tenía que mover dinero para cubrir una inversión y luego reponerlo. Solo necesitaba tiempo.
—¿Usando el fideicomiso de tu hija? —preguntó Arturo.
Diego apretó la mandíbula.
—Al final todo eso iba a quedarse en la familia.
—Ella es tu familia —dije señalando a Nina.
—No me des lecciones —estalló él por fin—. Siempre has vivido de lo que yo resuelvo.
Fue la primera vez en años que me regaló una verdad involuntaria. No hablaba de dinero. Hablaba de poder. De lo mucho que disfrutaba sentirse el que movía piezas, el que definía tiempos, el que dejaba a todos reaccionando tarde.
Paula intentó intervenir con una voz pequeña que ya no se parecía a la mujer brillante del patio.
—Esto se puede arreglar conversando.
—No —dijo Arturo—. Esto se arregla con abogados.
Tomó el teléfono, llamó al contador de la empresa y luego al banco. No hizo escándalo. Dio instrucciones. Congeló movimientos. Revocó autorizaciones. Pidió que registraran una alerta por intento de transferencia irregular. Después llamó a su abogado de toda la vida y le pidió que se presentara en la finca esa misma tarde.
Clara lloraba en silencio apoyada contra el marco de la puerta. Lucía sostenía a Nina con un brazo. Yo seguía de pie, sorprendentemente firme, como si después de meses de niebla la verdad, por cruel que fuera, me devolviera una especie de equilibrio.
Diego todavía intentó un último movimiento.
—Mariana, no conviertas esto en algo peor. Podemos hablar tú y yo.
Lo miré largo rato. Recordé las noches en que llegaba tarde diciendo que tenía juntas. Recordé la semana del funeral de mi madre, cuando yo lloraba en el baño para que Nina no me viera y él me acariciaba el hombro con una paciencia tan perfecta que ahora me parecía obscena. Recordé cómo me pidió que confiara, que no contamináramos a la niña, que fuéramos adultos.
Adultos.
Mientras planeaba servirme el divorcio en público para provocar una reacción y usarla contra mí.
—No —le dije—. Ya no hablo contigo sin testigos.
El abogado llegó antes de que cayera la tarde. No hubo policías entrando con sirenas ni un final melodramático, y quizá por eso todo resultó más contundente. El abogado vio los videos, revisó el poder falso, habló con Arturo y recomendó por escrito suspender cualquier autoridad de Diego sobre cuentas y documentos de la empresa familiar. También dejó asentado que yo no firmaría nada ese día y que cualquier trámite de divorcio o custodia continuaría por vía formal y separada.
Paula se fue antes de que sirvieran el café. Nadie la despidió.
Diego intentó quedarse en la finca, pero Arturo le pidió las llaves del auto de la empresa y le dijo que esa noche no dormía allí. Lo dijo sin alzar la voz, como se dicen las verdades que ya no admiten negociación.
Yo me fui un poco después, con Nina a mi lado y Lucía detrás de nosotras cargando una mochila que ni siquiera recordaba haber preparado. Antes de salir, Arturo me alcanzó en el corredor.
Tenía el rostro envejecido de golpe.
—Perdóname —dijo.